2016: Un año de cine

Odio con profundidad hacer listas. Es un trabajo que lleva horas de reflexiones y exige una capacidad de orden que a mí, maestro de los espacios anárquicos, supone auténtica tortura psicológica. Pero no falla que, cuando se cierra el año, por un lado o por otro, alguien pide una de esas recopilaciones que tan bien lucen, y que, además, son devoradas por los lectores. Así que ha llegado el momento de afrontar el repaso a 2016, un año de gran cine. Eso sí, dejemos las listas de lado, y paseemos por alguna de las películas que han marcado el año cinematográfico.

Lo cierto es que este año es complicado elegir a la gran triunfadora de la temporada. No es, precisamente, por falta de candidatas. Incluso si dejamos de lado las eternas protagonistas de producción norteamericana, encontramos ejemplos de cine sobresaliente llegado de lugares que, poco a poco, abandonan su condición de exótico. En un mundo cada día más pequeño ya no resulta extraño toparse en las carteleras con producciones de cualquier parte del mundo, y cinematografías como la coreana han dejado muy lejos el subterráneo, armada de cada días más seguidores fuera de sus fronteras. Train To Busan (Yeon Sang-ho, 2016), por ejemplo, pasó triunfadora por Sitges, consiguiendo distribución mundial, convertida en el gran referente zombie de la temporada. Terrible fábula sobre el egoísmo y lo despreciable que puede llegar a ser la humanidad, demostró que la fórmula de infectados caníbales no está agotada. También por Sitges paseó The Wailing (Na Hong-jin), excepcional mezcla de géneros, que aúna el policíaco a la coreana con el horror demoníaco. Brillante.

Parece que Sitges se reivindica como crisol de culturas, y es que el horror, al fin y al cabo, es universal. Under the Shadow (Babak Anvari), que se vale del folclore de su país como reflexión acerca de la realidad del siempre polémico pasado de Irán, es otra de esas propuestas de sabor exótico, que se atreve con los tintes políticos para enriquecer su propuesta.

Fuera de los terrenos del horror, nos llegaba Corazón gigante (Dagur Kári) hermosísima historia sobre la bondad y la diferencia como bandera. Ya no resulta extravagante, tampoco, que desde Islandia nos lleguen películas tan sugerentes y entrañables, cuando hace muy poco el cine de la isla nos era completamente ajeno y desconocido.

Cómo no, también toca hablar de cine español, tema siempre polémico. La mejor forma de acallar ciertos debates, muchos llenos de ignorancia o, directamente, malas intenciones, es a base de películas. De eso hemos tenido más que buenos ejemplos en la pantalla. La gran triunfadora, por goleada, es Tarde para la ira, del debutante tras la cámara Raúl Arévalo. Ejercicio salvaje de violencia justiciera que bebe de excelentes referentes cinéfilos. Arévalo transforma su bagaje como profesional en un universo propio, violento y sudoroso, que ha resultado en una de las más agradables sorpresas del año. Muy cerca a esa excelencia, tuvimos el regreso de otro de los grandes nombres del cine español de hoy, Alberto Rodríguez. El hombre de las mil caras servía de retrato de la corrupción en un país donde es un mal endémico, no sin sentido del humor y ecos del cine de espías, pero de agridulce sabor cañí.

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La presencia de directores españoles se deja ver incluso a nivel internacional, y a bombo y platillo se anunció el regreso de Juan Antonio Bayona con Un monstruo viene a verme, insoportable ataque de gas lacrimógeno, muy del estilo de su realizador, eso sí, con una interesante propuesta visual que ayuda a la digestión del enésimo ataque a la línea de flotación del espectador perpetrado por este director.

2016 significó el año de regreso para muchos de los nombres clásicos del cine reciente. Despachó raciones de los hermanos Cohen y su ¡Ave César!, Woody Allen y Café Society o el retorno de Tim Burton y El hogar de Miss Peregrine. Tres películas un tanto insulsas que dejan claro que tiempos pasados fueron mejores. Incluso hemos regresado a galaxias muy lejanas gracias a Rogue One (Gareth Edwards), curioso e insatisfactorio experimento a cuenta de la mitología creada por George Lucas, y que resulta redundante y falta de brújula en buena parte del metraje. A pesar del interés que genera el conflicto espacial visto desde la trinchera, no cumple las enormes expectativas que dejaba el proyecto en sus orígenes. Eso sí, deja claro que si los héroes brillan es porque alguien se ensucia las manos en la sombra. Para regreso triunfante, el de Paul Verhoeven, que con Elle recupera su mejor versión, dura, siniestra y excitante a partes iguales. Batman-Superman

La ración inevitable de superhéroes arrasó en las taquillas de todo el mundo, gracias al carisma de unos personajes que han venido para quedarse. Parecía una moda pasajera, pero los planes de las grandes productoras se extienden hacia el futuro, armadas de proyectos que, de momento, apuntan hasta el 2020. Marvel y DC han llevado su ring particular a la pantalla, con resultados entre normalillos y mediocres. Batman Vs Superman (Zack Snyder) o la infumable Escuadrón Suicida (David Ayer) demuestran la peor cara del género, mientras que los competidores salvan los muebles con la escasa Civil War (Hermanos Russo) o el aparatoso despliegue visual de Doctor Extraño (Scott Derrickson). Fox, por su lado, ofreció a los espectadores la prescindible nueva entrega de las aventuras de los mutantes con Apocalipsis (Brian Singer), y el gran triunfo del género este temporada, la deslenguada Deadpool (Tim Miller). Descarada, independiente y única, toda una sorpresa.

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Para el final dejamos el camino a los Oscars. Toca hablar de La La Land (Damien Chazelle), sobredimensionado fenómeno social que arrasa en las entregas de premios. Sin duda, ha eclipsado a sus grandes competidoras, que esconden grandes momentos de este año de cine. La llegada (Denis Villenueve) y el minimalismo emocionante del encuentro entre culturas a través de las estrellas apretó algunas teclas que parecían olvidadas en la sala de cine. Sin duda, una de las grandes experiencias cinematográficas del año, protagonizada por la magnífica Amy Adams. Actriz en estado de gracia, se comió la pantalla en otra de esas desconcertantes obras mayúsculas del año, Animales nocturnos (Tom Ford). Increíble que ni siquiera esté en las nominaciones a la mejor interpretación femenina de este año.

Atisbamos notas de western contemporáneo en Comanchería (Hell or High Water, David MacKenzie), otra de esas películas que apenas ha hecho ruido, pero se merece todos los aplausos. Regresamos a la Segunda Guerra Mundial gracias a Mel Gibson y su Hasta el último hombre, donde da rienda suelta a toda esa sensibilidad que parece incapaz de experimentar en la vida real.

En animación, Disney acierta con Moana, a pesar de la repetición de fórmulas, y Kubo y las dos cuerdas mágicas (Travis Knight) demostraba que hay vida más allá de lo de siempre. Retornamos al mundo de Nemo de manera satisfactoria, en esta ocasión tras los pasos de la entrañable Dory (Andrew Stanton).

Ni que decir tiene que también sufrimos la presencia de filmes deleznables, muestra de la peor cara de la industria, sin el más mínimo respeto por el espectador. Arrojadas sin miramientos contra la cara del público, lo único que nos queda es el olvido, y ni la más mínima mención en textos como éste. Por suerte, el buen cine sobrevive al tiempo, en el recuerdo. Vivimos un gran 2016 de cine. A ver si decimos lo mismo dentro de un año. Aquí le emplazo, querido lector.

 

 

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