2016: Valores en el recuerdo

PANTALLAZOS DE 2016

Pensando en el enfoque para enfrentarse a este artículo, en la reflexión sobre lo que en realidad nos gustaría que abordara, que es precisamente el de resaltar aquellas películas que más nos han llamado la atención en el pasado año 2016, nos hemos decantado por seleccionar diez de los filmes que, en mayor medida, recordamos como impactantes, y nos han interesado o impresionado, por causas diversas que posteriormente intentaremos explicar. Se trata de largometrajes de estreno reciente, que hemos visto a lo largo del año en cines comerciales o festivales, y que por una u otra razón no olvidaremos. El orden que seguimos con ellos se debe, en la generalidad de los casos, al momento de su visionado, anterior o posterior, y no se corresponde en absoluto con cualquier campeonato de calidad o de cualquier otro tipo que se pretenda establecer.

La primera escogida que tuvimos ocasión de disfrutar, recién estrenado el año, fue Langosta (The Lobster), del director griego Yorgos Lanthimos. Conociendo sus inquietantes antecedentes en largometrajes anteriores, en esta última ocasión no defraudó, y nos envuelve en un mundo surrealista en donde es obligatorio la vida en pareja, a no ser que pretendas enfrentarte a sanciones “animales”, y la palabra no está elegida aleatoriamente. Dicho cosmos le sirve al realizador como excusa para denunciar el mundo globalizado en el que nos movemos, aquél en donde no se te ocurra sacar la patita en otro color al que han decidido los poderes imperantes, y también, curiosamente, sus enemigos. En un ejercicio inteligente, Lanthimos nos abre los ojos ante nuestra propia estupidez, que nos está llevando en picado hacia el camino de la restricción de libertades individuales. Con estilo fotográfico austero, frío y cuadriculado, consigue dejarnos en un estado de desasosiego caviloso.

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El director norteamericano Todd Haynes, logró engatusarnos con su película Carol, fundamentalmente por la puesta en escena que elaboró, trasladando a la pantalla la historia prohibida de una relación lésbica a principios de los años cincuenta en Nueva York, basada en la adaptación de una novela de Patricia Highsmith. Con verdadera delicadeza, el director muestra la narración de una relación perseguida y castigada, con una fotografía que pasa de la saturación a la palidez, de la ralentización a las imágenes desenfocadas. Atractiva, de antecedentes clásicos y con un claro espíritu de que no olvidemos pasados infames no tan lejanos, Haynes nos impacta en un viaje de una visualidad deslumbrante.

En el paquete de películas destinadas a triunfar en los Oscar del año, se encontraba La habitación (Room), filme de nacionalidad irlandesa, que dividido en dos partes, se centra en la primera con el relato del secuestro y encierro de una mujer y su hijo durante muchos años, y en el segundo, en la posterior liberación y sus consecuencias, preferentemente psicológicas. Nos estremeció la historia de esta madre y su hijo, desventurados por el azar, y que después del horror, deben, además, intentar encontrar su nueva ubicación. El director, Lenny Abrahamson, consigue, con planos cortos, excelentes interpretaciones, sensibilidad contenida y mucha ternura, dejando el horror físico casi fuera de campo, consigue, decimos, abordar la inseguridad del sufrimiento que produce lo desconocido y preguntarnos por el futuro con semejantes sobrecargas.

En el largometraje La próxima piel (La propera pell), el realizador Isaki Lacuesta, codirigiendo con Isa Campo, nos enfrenta a un drama de connotaciones materno-filiales, situado en Los Pirineos, en una zona fronteriza, cuando al parecer, se encuentra a un hijo, perdido hace muchos años. Llama la atención del filme la habilidad que se consigue desconcertando al espectador, en búsqueda de una verdad, mediante el recurso de dosificación en la información que va proporcionando, utilizando la táctica del desconcierto en escenas que parecen decir lo que no dicen, o dicen lo que no parecen decir, y con la excelente ayuda de tres interpretaciones protagonistas: Emma Suárez como la madre, Sergi López, en el papel de tío y cuñado, y Àlex Monner, encarnando al hijo encontrado.

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El porvenir (L’Avenir), película francesa de la directora Mia Hansen-Løve, nos pareció una deliciosa obra, en la que destaca la interpretación de Isabelle Huppert, a la que tuvimos ocasión de disfrutar por partida doble en la Sección Perlas del Festival de San Sebastián, en este largometraje, y además, en el controvertido filme Elle, de Paul Verhoeven, que personalmente, nos pareció una apología del placer a través de la violación física. Volviendo a El porvenir, la actriz encarna a una profesora de filosofía que imparte clases en un instituto parisino, y debe enfrentarse a insospechadas situaciones en su ya asentada vida. Y ello se hace por la realizadora francesa con serenidad, sin eludir escenas valientes, mostrando sosegadamente el mundo interior de los seres que crea, y la convivencia entre los mismos. Isabelle Huppert, ayudada por los movimientos de cámara, nos acerca a la vida de esa mujer, Nathalie, en una muestra de hiperactividad reflexiva, en la búsqueda del mantenimiento de un equilibrio vital e intentando huir del histerismo o la depresión. Estamos ante un filme que se presenta optimista, siempre y cuando aprendamos a sortear con nuestras capacidades y puntos frágiles.

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En el pasado Festival de Valladolid, tuvimos la suerte de emocionarnos y conmovernos con la película, que a la postre, resultó la vencedora de su Sección Oficial, la italiana Locas de alegría (La pazza gioia), de Paolo Virzì. Con formato de largometraje de road movie, nos adentramos en la vida de dos mujeres recluidas en una institución psiquiátrica, de Beatrice y de Donatella, magníficamente encarnadas por Valeria Bruni-Tedeschi y Micaella Ramazzotti, respectivamente. El filme se apoya, para encandilar y hechizar, en un ritmo vertiginoso, en ingeniosos diálogos y en la maestría del paso de la comedia al drama, conformando instantes mágicos en ambos géneros. Desesperación, locura, soledad o traumas van desplegándose sin dar tregua, dejándonos enternecidos con el pasado, presente y futuro de nuestras protagonistas.

Y centrándonos en la originalidad y acierto de la puesta en escena, nos apabulló en su genialidad la película de Albert Serra, La muerte de Luis XIV (La Mort de Louis XIV), obra en donde se narran los últimos días del monarca galo, postrado en su lecho, mientras una gangrena en la pierna va apoderándose de todo su cuerpo, sin prisa pero sin pausa, hasta que llega el último aliento. Hablamos del Rey Sol, del soberano francés que, a finales del siglo diecisiete y principios del siguiente, se convirtió en paradigma del absolutismo, consiguiendo una identificación plena del estado con su persona, endiosada frente al resto de los mortales. Albert Serra alcanza con este proyecto un importante filme, sin salir de los aposentos del monarca. Destaca el ambiente tenebroso, conseguido con una fotografía de tonos oscuros, contrastes rojizos y con una cámara que se acerca, pero que evita convertirse en invasiva. Y también acierta mostrando la diversidad de individuos serviles que rodean al monarca, todos ellos, desde los ministros, siervos, nobles o médicos, pendientes del mínimo gesto del rey, atentos a cualquier capricho o necesidad que se le pueda antojar. Y no se debe dejar de mencionar la interpretación que hace de Luis XIV el actor francés Jean-Pierre Léaud, el inolvidable Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups) de François Truffaut (1959).

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El diseñador de moda estadounidense Tom Ford, en su segunda incursión en la dirección de largometrajes, ha elaborado una obra compleja con Animales nocturnos (Nocturnal Animals), en donde juega con la realidad y la ficción en dos historias paralelas que van desde la estética más atrayente que refleja la belleza en su esencia, en vestimenta, decoración y entornos elegidos con exquisita delicadeza, hasta una segunda narración, que se combina con la primera, y en donde nos damos una vuelta por el estado en donde el realizador pasó su infancia, por Texas, buscando su faceta brutal, inhóspita y salvaje. Los dos asuntos se entrecruzan cuando una mujer, interpretada por Amy Adams, recibe un paquete de su ex-marido con el libro que acaba de escribir, y se alternan imágenes del pasado, de la novela y del presente. Del filme, destacaríamos el cuidado guion, que sabe reflejar los dos mundos que el director quiere mostrar, conocidos o recónditos, en una una puesta en escena impecable, en donde le basta para ello con recurrir a una simple mirada, un silencio o con la detención de cámara por un instante en cualquier elemento. Y destacaríamos también, las escenas que abren y cierran la película. La primera, por ese desfile de pellejos deformes, al parecer dignos de exposición pública, tan alejados de la finura y buen gusto del cineasta. Y la última escena, por la certera y maravillosa traslación del momento en el que se está viviendo, una acumulación de dolor, remordimiento y soledad.

De Estados Unidos, con la autoría del realizador Jim Jarmusch, nos llegó, no hace muchas semanas, el filme Paterson, una de las obras que consideramos más importante de todo el pasado año, por su aparente sencillez en mostrar aquellas cosas con o sin importancia que van conformando día a día, hora a hora, nuestras vidas cotidianas. La obra, con una apertura en plano cenital y un cierre con fundido en negro, recorre, de lunes a domingo, con sosiego, todos los días de una semana, desde que Paterson, el protagonista (Adam Driver), se levanta, en los días laborables para conducir un autobús de una ciudad del estado de Nueva Jersey, que curiosamente se denomina igual que nuestro héroe, hasta que termina su jornada, habitualmente en el mismo bar y con la misma clientela. Paterson, además de conductor de un transporte público, escribe poemas y convive con una mujer maravillosa y un perro muy particular, con quienes comparte pequeñas o grandes ilusiones o tristezas. Jim Jarmusch no hace más, ni menos, que trasladar a la pantalla la existencia de cualquiera, esas pequeñas rutinas, disgustos o sorpresas por las que termina teniendo sentido la vida, si es que lo tiene. Observar una catarata mientras se almuerza, decorar obsesivamente el domicilio con motivos muy personales, obtener aquella guitarra que estaba destinada para uno mismo, cocinar magdalenas con todo el cariño, acudir al cine para ver La isla de las almas perdidas, de Erle C. Kenton (Island of Lost Souls, 1932), asumir el disgusto porque las máquinas que manejamos no son perfectas…Y todo ello embellecido por los hermosos versos del poeta Ron Padgett, poemas sencillos, escuetos e intensos en su quietud, que son recitados por Paterson, ya directamente, ya con voz en off, o incluso, también escritos en pantalla.

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Por último, no queremos dejar de mencionar, en estos recuerdos, la última película del director británico Ken Loach, Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake), que tuvimos ocasión de disfrutar, si es que se puede utilizar esa palabra en este caso, tanto en el Festival de San Sebastián como cuando se estrenó comercialmente. Con su habitual clasicismo y objetivos a perseguir claros desde el inicio, a Loach, con ochenta años, lo hemos encontrado en plena forma, en su larga lucha por la denuncia de las injusticias sociales y políticas que llevan recibiendo a lo largo de la historia las clases sociales más desfavorecidas. En esta ocasión, Daniel, el protagonista, es un hombre maduro, carpintero de profesión, que ha sufrido problemas cardíacos y al que los médicos no consideran pertinente dejar que vuelva a la actividad laboral por el momento. Sin más recursos propios que el producto de su trabajo, debe iniciar un tortuoso camino en búsqueda de los subsidios sociales pertinentes para sobrevivir. Daniel debe iniciar el tránsito por un sendero que algunos conocen por experiencia propia, otros por los de personas cercanas, pero todos somos conscientes de la existencia real de situaciones similares. Hemos hablado de un camino tortuoso, pero además, se presenta como cicatero, inhumano, indigno, sordo y ciego. Ken Loach nos enseña, con toda su crudeza, en formato prácticamente documental, los servicios públicos de empleo británicos, ahora al parecer privatizados o gestionados por empresas privadas que, por lo sufrido con el filme y conocido en la realidad en servicios similares o de países afines, no en la ficción, únicamente buscan el propio lucro, indiferentes al padecer ajeno, imposibilitado en alcanzar por sus propios medios los recursos mínimos para sobrevivir. Escenas como las del robo en el supermercado, la pataleta a la puerta de los servicios de empleo, las llamadas telefónicas a dependencias inexistentes o la propia dignidad que se condensa en el mensaje final son absolutamente inolvidables. En su momento, al salir del cine, nos dirigíamos a nuestro domicilio para elaborar la crítica de la película, que por segunda vez nos había sobrecogido, cuando un desconocido se desplomó en la acera. Espantados ante las reacciones de los que se encontraban en ese instante por los alrededores, y no nos excluimos de la lista, nos sentimos incapaces de abordar un artículo sobre un filme, que en definitiva, su principal núcleo gira en torno a la solidaridad.

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