Animales nocturnos

Segunda película de Tom Ford, que se abre paso a cañonazos hacia la cima. Con solo dos filmes a las espaldas, desde luego, no se puede dudar de la personalidad única de este director, tan elegante como destructivo. Animales nocturnos es toda una declaración de principios, perpetrada desde una independencia que puede resultar hasta incómoda. Es audaz, es impertinente, es implacable y desconcertante. Es de esas películas que se convierten en experiencia, en un viaje hacia un mundo reconocible y prosaico que, desde la mirada desafiante de Ford, queda retratado como un viaje a los infiernos de la culpa, del abandono, de la soledad aplastante.

Lo que ocurre es que Ford está muy lejos de la redención de sus personajes en esta historia. La ironía sardónica y cierto espíritu de venganza se acomodan en las miserias de los protagonistas, ejemplo de frivolidad de primer mundo, devorados por la brillante nada que consume su vida de alta sociedad. Tom Ford se arma de desprecio y arroja el aséptico mundo de diseño contra un ejercicio metaficcional desconcertante, donde las ficciones se confunden, y lo real es devorado por el rencor doloroso y vengativo que esconden las páginas de Animales nocturnos, la novela ficticia que da nombre a la película.

Animales nocturnos nos cuenta la historia de Susan, interpretada por la deliciosa Amy Adams. Susan vive en una especie de gran mentira de alta sociedad. Tras la aparente perfección, su mundo hace aguas. A pesar de que intenta por todos los medios permanecer aferrada al autoengaño, su universo se descompone cuando llega a sus manos la primera novela, aún inédita, de su primer marido. Un relato duro, áspero y polvoriento, que remueve recuerdos en la conciencia de la mujer. Y es que Susan guarda secretos, pecados que todavía no ha expiado, y se clavan como agujas ardiendo en su alma. Las páginas de Animales nocturnos, la novela, reabren las heridas y, al mismo tiempo, fascinan a la protagonista, que descubre una imagen desconocida del hombre con el que compartió aquellos años de juventud.

Ford se lanza a la piscina en un relato sostenido en tres líneas argumentales diferenciadas. Por un lado, nos descubre la calma tensa que preside el presente de Susan. En contraste al exceso de estilismo presenta el contenido de la novela, explosión controlada hacia el derrumbe de esa vida de diseño. Una historia terrible, sobre la venganza , la pérdida, la forja de los seres humanos en situaciones desesperadas. Si los espacios protagonistas en el presente de Susan son los simétricos salones de las mansiones y los despachos de grandes firmas de arte, la novela es un relato fronterizo, donde se respira el sudor y el polvo del desierto. La rutina de una familia se rompe en mil pedazos por el desafortunado encuentro con el azar. Ford somete al espectador a momentos de angustia y tensión sin ningún tipo de compasión, escalada hacia el desastre sin motivo para la esperanza. La historia de un hombre insulso, tan dentro de los parámetros de la normalidad que cualquiera puede verse reflejado en su espejo. Ford hace de sus fracasos los nuestros, nos invita a mirar de frente nuestras debilidades como ser humano. Y nos empuja hacia el infierno.

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La tercera línea temporal nos conduce al pasado de la vida de Susan, cuando compartía vida con el escritor en ciernes. En contra de su familia, de las normas establecidas de clase, la joven elige una vida distinta, llena de fe y esperanza optimista en el futuro. Poco a poco, vemos como esos sueños se descomponen, por culpa de la mezquindad, de los deseos insatisfechos, de esas caras terribles que a veces mostramos las personas.

Amy Adams en Animales nocturnos

Ford construye una serie de personajes muy lejos de la perfección. Son víctimas de sus pasiones y verdugos de la felicidad ajena. Con los años, han quedado reducidos a la farsa o al rencor acumulado. Al mismo tiempo, nos compadecemos de ellos, y nos asquean con la misma fuerza. Nadie es puro en el universo fílmico de Ford, que incrusta seres humanos terribles en escenarios tan perfectos que resultan lúgubres. Señala sin miramientos el inconformismo de opereta de unos personajes parapetados tras la cómoda trinchera de la frivolidad de clase alta. El mundo de la moda y el arte, de los que Ford procede, se retratan como impostura, ideas vacías que reinterpretan una realidad ajena, reducida a mero intercambio comercial.

Desde el minuto uno, créditos incluidos, Tom Ford se esfuerza en resultar perturbador e incómodo. La base de su relato son los contrastes, las bestiales diferencias entre las distintas capas de ficción que sustentan Animales nocturnos. La esencia de la película es confusa, y es que nos cuesta el encuentro con las auténticas intenciones de este particular director. A veces, Animales nocturnos parece una enorme broma, amarrada al total desprecio hacia el espectador. Se tiene en ocasiones la sensación de ser una especie de cobaya en el experimento personal de un tipo que aspira a reírse él solo del desquiciado chiste privado que se ha montado alrededor de la decadencia personal de Susan. Ese sentimiento es, al mismo tiempo, el gran triunfo de Animales nocturnos y su gran debilidad, puesto que el camino elegido por Ford puede entenderse como insultante, y con razón, por muchos espectadores, y más en los compases finales.

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El protagonista de Animales nocturnos

A pesar de esta actitud desafiante y algo macarra de Ford, camuflada en toneladas de estilo y meticuloso cuidado visual, Animales nocturnos es una película enorme. El fabuloso plantel actoral mantiene la desagradable tensión de este viaje a ninguna parte. Amy Adams nos recuerda en cada escena la terrible injusticia que significa su falta de nominación a los Oscars, Jake Gillenhall se reivindica como actor maduro y Michael Shannon está magistral. Redondea la oferta Aaron Tailor-Johnson como villano del espectáculo, un ejemplo de lo más repugnante del ser humano sin fisuras.

Si a esto se le añade la reflexión acerca del poder de las ficciones, de la capacidad hipnótica del relato, enmarcado en un inteligente uso de la metaficción, Animales nocturnos queda para el recuerdo como una película única. A pesar de los excesos y artificios, no deja indiferente. Tom Ford ha hecho su película, con todas las consecuencias, incluyendo que el espectador es un invitado a la fiesta, y poco más.

Pero qué fiesta, amigos.

Tráiler:

//www.youtube.com/watch?v=kc8oj7ydWd8

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