Big Bad Wolves

La relajación de costumbres de la sociedad occidental en la actualidad favorece los desagradables encontronazos de la opinión pública en los límites de la tan subjetiva corrección política. En el ámbito cultural, son frecuentes los debates en torno a la licitud de los mecanismos del humor negro. Reflexionar sobre la demarcación del chiste puede resultar una actividad tan estimulante como improductiva, incluso entre individuos de la misma clase social o ideología política afín, puesto que el moldeamiento de la propia personalidad es un proceso mucho más complejo que atañe a no pocos agentes socializadores. Sin embargo, a menudo los contextos bajo los que surgen las obras funcionan como directrices dominantes a la hora de catalogar este asunto.

Por eso no sería de extrañar que parte del público y de la crítica entendieran Big Bad Wolves como una propuesta más descarada que otras comedias mucho más bestias a simple vista como Turistas (Sigthseers, Ben Wheatley, 2012) o Happiness (Todd Solondz, 1998), por poner dos atrevidos modelos que suelen suscitar más espanto que risa. El lastre no es otro que el de tratarse de una producción israelí. Así, por mucha salvajada que maneje en clave de comedia y por muy legítimo que sea reírse de la ineptitud de la autoridad y de ciertos tópicos cinéfilos, nada escocerá más que la opción idiosincrática como raíz de la burla en un país entregado a un perpetuo conflicto que deja muertos a diario.

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Big Bad Wolves, fotogramaLos directores Aharon Keshales y Navot Papushado ya habían ensayado la comedia negra en su irregular debut, Rabies (Kalevet, 2010), pero aquella configuración slasher no impresionaba de la misma manera que la tragedia original de Big Bad Wolves, el secuestro de una niña, un asunto sobre el que poca broma cabe. Tras un prólogo preciosista para la galería que, más que una impecable destreza visual, exhibe un acabado cromático de postproducción muy acusado, se produce una primera toma de contacto con los personajes principales en condiciones de sobreinformación (que se mantendrán hasta el desenlace: todas las intervenciones del comisario de la policía sobran). Es la pista del inicio del juego de despiste que han pergeñado los directores y que desplazará el eje dramático inicialmente propuesto hacia una sorpresa que choque con las expectativas insinuadas hasta el momento.

De golpe y porrazo (nunca mejor dicho), el proceso de investigación se estanca y la narración se encierra en una única localización durante el resto del metraje: el lúgubre sótano de una casita de campo, en el que el sospechoso del secuestro será torturado sin piedad. El mecanismo del suspense se revela físico, mutando de excitante a explícito. La incertidumbre y el hedor que inunda el ambiente serán los nuevos ingredientes para cocinar la carcajada; ahora sí, incómoda, pero muy calculada.

Escena de Big Bad WolvesY es que la gran baza persuasiva de Big Bad Wolves, por tratarse de una película donde la violencia es el centro del discurso, pasa por unos personajes bien construidos que marcan la pauta ideológica e incluso estructural del relato. Todos evolucionan por el propio devenir de su carácter, más que por las propias consecuencias de sus terribles acciones en una trama, que, por otro lado, se advierte claramente sesgada por las interacciones comunicativas. Aunque se sepa un recurso trillado, el guión se empeña en servirse de los teléfonos como puntos y aparte; las llamadas fragmentan el relato subrayando picos climáticos. Y como complemento, la cuestión familiar, que atañe al comportamiento de todos los personajes sin excepción, motivo de decisiones impulsivas, viscerales y, en general, poco coherentes. Algo que conjuga con el tono grotesco de la cinta y disculpa el poco rigor psicológico que ostenta una buena parte de la misma.

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Imagen de la película Big Bad wolvesDespués de hora y pico de embotamiento en el sótano, al espectador solo le queda reconocer la dificultad de la propuesta humorística, avergonzarse de haberse reído con gags tan desagradables e hilar la reflexión de los autores. La manida excusa de la venganza como gran tema cinematográfico occidental tras el 11-S (lo que seguramente explicará el tan cacareado aval promocional de Quentin Tarantino) no esconde el repudio sintomático e incondicional de la radicalización de una sociedad programada para la agresión.

Trailer:

//www.youtube.com/watch?v=GfUxyGuPZ2A

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