Borgman

La curiosa evolución ideológica en la programación del Festival de Sitges se percibe con un simple vistazo a los premios a la mejor película de las últimas ediciones. El frikerío de esencia macabra de Rare Exports: Un cuento gamberro de Navidad (Rare Exports: A Christmas Tale, Jalmari Helander, 2010), premiada en 2010, mutó al año siguiente en sarcasmo sectario y ambiguo con Red State (Kevin Smith, 2011), para terminar acogiendo el discurso más críptico y personal como etiqueta del certamen, gracias a Holy Motors (Leos Carax, 2012), la ganadora de 2012.

Es decir, el terror efectista como género se diluía para dar paso a una suerte de autoría, pero ahora no entendida como esa preciosista sublimación del gore que exhibían propuestas como Inside (À l’intérieur, Alexandre Bustillo y Julien Maury, 2007) o Martyrs (Pascal Laugier, 2008), sino más bien como una versión disfuncional y embrollada de un trastorno social. Por eso no es de extrañar que en la última edición, Borgman se llevara el gato al agua.

Borgman, críticaEl filme de Alex van Warmerdam entraría por los pelos como objeto clásico de Sitges en el ordenamiento clásico del Festival: ni da miedo, ni se sustenta sobre una base fantástica tanto como sobre la asociación metonímica y la sátira sin pelos en la lengua. En cambio, posee una poderosa capacidad para generar emociones, no precisamente positivas, que parece que es lo que se lleva ahora; consecuencia natural de su espíritu punk de escanio antiburgués. Pero aún si, ni siquiera es necesario un arduo ejercicio de descodificación formal para intuir un burdo coctel a caballo entre el sopapo psicológico de Haneke y el delirio onírico de Lynch: indefectiblemente evoca la idea de una Funny Games (Michael Haneke, 1997) concebida en el más purulento de los subconscientes humanos.

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Esta definición tan ecléctica (por no decir imposible) no solo no suena bien, sino que además se confirma en la factura de las imágenes. Tras un arranque muy prometedor, la trama pronto se enreda y poco a poco Borgman va dejando caer en el olvido su principal objetivo. Esa interactividad ofrecida al espectador como valor añadido que tanto se aprecia en el cine posmoderno, despide su cortesía a medida que el truculento artefacto va poniendo todas sus cartas sobre la mesa. La estimulante sospecha a la que alienta permanece etérea e intangible sin llegar a concretarse nunca. Lamentablemente, el puzle solo se podrá completar bajo la vaguedad de la especulación metafórica.

Escena de la película BorgmanPero no confundamos resultado con propósito. Que el poso de la película no termine resultando satisfactorio no significa que Van Warmerdam no confirme su declaración de intenciones primitiva: Borgman se muestra más eficaz en el puro impacto visual que en el complejo y sedicioso mecanismo –entendiendo como tal el conjunto de normas que rigen un microcosmos habitado por canallas demiurgos– que lo articula. Un perfil que se antoja diseñado con miras a los premios, conjugando la referencia de precedentes exitosos con la desorientación como falsa fuente de pistas argumentales, así parece confirmarlo.

Borgman, fotogramaY eso que la interpretación puede ser muy sencilla. Tanto que no hay manera de manejar una opción con mínimas garantías de “adivinar” significados; demasiadas posibilidades que ni siquiera atarían todos los cabos, hacen de un interesante planteamiento un problema sin solución (única). En síntesis, una excusa para teorizar sobre una atmósfera muy lograda cuya exclusiva función no es otra que la de disponer una cansina reflexión repetida hasta la saciedad: la perversión de la sociedad moderna –trastorno psicológico mediante, con la forzosa traslación física en caracteres violentos– ya es un tema tan manido que casi constituye un género cinematográfico en sí mismo; ese que busca la náusea por golpeo cerebral de réplica constante y duradera. Y encima, tampoco es que Van Warmerdam pueda presumir de ello. Haneke ya lo hizo antes y mejor.

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Trailer:

//www.youtube.com/watch?v=ot6UVCuWiYc

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