Cangaceiros: Bandidos Rurales

Si bien la presencia del cangaço[1] en el nordeste de Brasil data de 1830-1840, fue un grupo de cangaceiros el que hizo famoso el fenómeno de bandidismo rural entre 1890 y 1940, época que se extiende entre la instauración de la Primera República y el Estado Novo. Cangaceiros como Antônio Silvino, Sinhô Pereira, Ângelo Roque, Jararaca, Lampião y Corisco eran bandidos nómades que asolaron la región, enfrentándose al poder económico, representado por unos pocos hacendados y terratenientes que para enriquecerse no miraban las necesidades de los campesinos, pertenecientes a un pueblo empobrecido y explotado.

Hay que decir que la geografía era inhóspita, con vegetación xerófila, grandes extensiones de tierra con escasas fuentes de agua y un clima extremo que iba desde los 7 grados por las noches a los 45 del mediodía. En ese espacio árido se extendían el Agreste y el Sertão, por donde se desplazaban estos grupos, compuestos de cangaceiros y sus mujeres (sin niños, porque podían delatarlos), sin lugar fijo para establecerse, con la finalidad de despistar a los ejércitos particulares de los “señores feudales” del sector.

Corisco y Dadá
Corisco y Dadá

Los cangaceiros formaban un bando alrededor de un líder, que a partir de la jefatura de Lampião se había organizado según ciertas normas rígidas que los protegió como grupo, obteniendo escasas derrotas. Cada uno de ellos tenía su pareja y practicaba la monogamia. Si alguno moría, su escolta se hacía cargo de la “viuda”. Los niños  eran entregados a la Iglesia o a alguna institución de bien público para que los criara… Estos hombres y mujeres vestían de manera particular. Pertenecían a la Civilización del Cuero, así que sus cinturones y botas estaban confeccionados por ellos mismos y sus ropas eran muy particulares. Los hombres usaban una especie de traje con pantalón pescador y un saco que parecía dos talles menor del que necesitaban, colgaban de sus hombros, en forma de cruz sobre el pecho, dos alforjas cuyas manijas estaban bordadas por flores de colores. Iban armados con revólver y espada, en sus pechos cruzaban cananas de cuero y cada uno empuñaba un fusil.  Sus armas no fueron suficientes para enfrentar la ametralladora con la que se actualizó su enemigo. Las mujeres se cubrían con vestidos y botas, ataban un pañuelo al cuello y atravesaban a modo de alforjas utensilios de cocina y bolsas.

Las mejores fotografías obtenidas de su vestuario, de sus costumbres: rezar, coser a máquina, luchar, perseguir ganado, descansar junto a los perros, perfumarse o bailar, se obtuvieron de un pionero que se adentró en la región, satisfaciendo su curiosidad personal y los intereses de los jerarcas del pueblo para localizar a los cangaceiros de Lampião. El inmigrante libanés Benjamin Abrahão, apadrinado por el Padre Cícero (otro personaje que mucho tuvo que ver con esta historia),  fue equipado por ABA-Film en 1936, antes de internarse en el sertão. Periódicamente, enviaba artículos y fotos sobre Lampião y su banda para el Diário de Pernambuco y O Povo de Fortaleza. Uno de esos textos se titula: “Un viaje de 18 meses por los sertones nordestinos” y muestra las primeras fotografías de los cangaceiros. Interesante personaje, Abrahao, aventurero y curioso… tanto que terminó sus días cosido a puñaladas pocos meses antes de la muerte de Lampião, el “Rey del cangaço”. Había entre Benjamin y Virgulino muchos intereses y agentes contrapuestos. La venganza pudo venir de cualquier lado… lo cierto es que le debemos al libanés las primeras y únicas imágenes del cangaço y sus míticos personajes.

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En Dios y el Diablo en la Tierra del Sol (Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964), una de las películas más representativas del Cinema Novo brasilero, Glauber Rocha lleva a imágenes su teoría estética acerca de la violencia, mostrando la realidad del Brasil profundo, en una época en que el cine solo representaba el aspecto más pintoresco de su cultura autóctona.

En ese film, el campesino Manuel asesina al hacendado que lo somete. Al huir, Manuel y su mujer se unen al beato Sebastião, quien termina asesinado junto a sus seguidores, pero la pareja se salva y se suma a la tropa diezmada del cangaceiro Corisco, que busca vengar la muerte de su capitán Lampião.

En una ocasión, luego de asistir a una matanza feroz, Manuel pone en duda el carácter justiciero del cangaceiro. Corisco le aconseja: “Si yo muero vete con tu mujer… Por donde vayas podrás decir que Corisco está más muerto que vivo. Virgulino (Lampião) murió de una sola vez y Corisco murió con él. Pero era necesario que quedara en pie, luchando hasta el fin, desarreglando lo arreglado, hasta que el sertão se haga mar y el mar se haga sertão”.

Moreno y Durvinha
Moreno y Durvinha

Esas líneas de diálogo escritas para una película de 1964 vieron su plasmación en la historia real que narra el documental Los últimos cangaceiros (Os últimos cangaceiros, Wolney Oliveira, Brasil, 2011), donde Moreno y su mujer, Durvinha, con 95 años a cuestas, develan su historia pasada de cangaceiros del grupo de Corisco y su huida del sertão, caminando a lo largo de unos tres mil kilómetros, para salvar sus vidas, al precio del anonimato por más de medio siglo. La justificación de su pasado violento puede encontrarse en unas líneas de Dios y el Diablo…, cuando Corisco le dice a Manuel: “En esta tierra, un hombre sólo vale cuando toma las armas para cambiar su destino. No es con el rosario, sino con el rifle y con el puñal”.

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Si bien la primera de las películas mencionadas es ficción y la segunda, un documental, hay lazos entre ellas que se trenzan desde la historia. Porque Corisco realmente existió y sus peripecias junto a Lampião dan argumento para opiniones encontradas, para reflexiones sobre la lucha de clases, el bandolerismo y el misticismo como paliativos ante la pobreza, el papel de la política en los intereses económicos de las clases más poderosas, el rol de la Iglesia en ese puente que debería tender entre ricos y pobres, la administración de la justicia por parte del Estado o por mano propia… Todo puede encerrarse en la misma idea de “violencia”, que adquiere un carácter amplio y novedoso desde la teoría de Glauber Rocha, cuando dice:

El comportamiento normal de un hambriento es la violencia, pero la violencia de un hambriento no es por primitivismo: la estética de la violencia, antes de ser primitiva, es revolucionaria, es el momento en que el colonizador se da cuenta de la existencia del colonizado. A pesar de todo, esta violencia no está impregnada de odio sino de amor, incluso se trata de un amor brutal como la violencia misma, porque no es un amor de complacencia o de contemplación, es amor de acción, de transformación. [2]

Si bien en cangaço y la revolución cubana –que está en perspectiva para 1964 como posible solución a la política latinoamericana- son empresas colectivas, Rocha prefiere dejar a Manuel a salvo, como único sobreviviente que logra encontrarse con un sertão convertido en mar.

 

[1] Bandolerismo rural.

[2] Estética de la violencia, Génova, 1965

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