El mundo del silencio

En 1956, sería entregada por primera vez, en la historia del Festival de Cannes, la Palma de Oro a un documental. El mundo del silencio, de Louis Malle y Jacques-Yves Cousteau, es una obra de “divulgación científica”, que relata las exploraciones submarinas que realizara el investigador francés a bordo del Calypso, dragaminas desechado por la Marina Real Británica, que le regalaron en 1950 y convirtió en un buque de investigaciones. El documental, aunque no fue el primero en mostrar imágenes subacuáticas en colores, pues en eso se le adelantó el filme Sesto Continente, de Folco Quilici, de 1954,  sí compendia un importante número de inventos y avances para la exploración del mundo submarino. Un año más tarde, en 1957, se llevaría además el Oscar al mejor largometraje documental.

El mundo del silencio no hubiera sido posible sin dos inventos principales. Por un lado, el perfeccionamiento definitivo del  regulador para la escafandra autónoma, patentado en 1943 por Emile Gagnan y Jacques-Yves Cousteau, y por otro, las cámaras submarinas de 35 mm, diseñadas y fabricadas por André Laban, Claude Strada y Armand Davso. Estos dos elementos fueron fundamentales en el logro de un filme de una calidad visual y un dinamismo envidiable para la época.  Visto con la luz que da el tiempo, aporta un interesante punto de vista respecto a los grandes cambios que ha habido en solo medio siglo, respecto al acercamiento a una naturaleza cada vez más expuesta y vulnerable.

Le monde du silence, fotograma

Comienza mostrando  a los protagonistas de un filme sin precedentes. Buzos que van a realizar una película a más de 150 metros de profundidad y que, sin embargo, como verdaderos hombres del espacio nadan libres como los peces. Se había superado, por primera vez en la historia, la anticuada escafandra tradicional, dotando al ser humano de una libertad inusitada para la exploración debajo del agua. Son los buceadores del buque de investigación Calypso, y siguiéndolos en su travesía, podemos descubrir la naturaleza de formas que hoy son arcaicas, desfasadas e incluso, escandalosas. El uso de la dinamita en los arrecifes, el sacrificio de un cachalote herido por negligencia, durante el seguimiento a una manada, la diversión sobre las tortugas de los galápagos, la destrucción de las colonias de corales, la pesca indiscriminada de tiburones y otras especies de peces son un recordatorio de las características depredadoras de la curiosidad humana y de los comienzos de la investigación científica. De igual forma, es bueno aclarar que el polémico Cousteau venía del mundo militar, no era científico, que lo movía más la vocación de un explorador-aventurero y que, además, no es sino hasta los años 70 cuando comienza a observarse críticamente el acercamiento del hombre a la naturaleza y surge una preocupación por las afectaciones a la biodiversidad, debidas a la sobreexplotacion, la contaminación, la pérdida de habitats, el cambio climático, etcétera.

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El otro aspecto de este filme, el cinematográfico, cuenta con la impronta creativa de un autor como Louis Malle (Los amantes, 1958; Lacombe Lucien, 1974; El fuego fatuo (1963); Au revoir, les enfants, 1987), para quien sería su primer largometraje documental. No obstante, en fecha tan temprana denota ya, en la selección de los elementos estéticos que componen el filme y en la estructura literaria del mismo, el genio que mostraría años más tarde. Queda claro en este documental que, además del interés investigativo, hay una profunda preocupación estética y narrativa, que desea construir un mundo de imágenes palpitantes, vivas y de entrañables marineros que hacen uso de los recursos naturales con la prepotencia de un conquistador. La utilización de lámparas rojas, que proveen un excelente contraste en el fondo marino azul y el juego con las burbujas de la secuencia inicial del filme, los puntos de vista dobles, el juego con la colorida naturaleza del arrecife y la construcción narrativa, a través de los elementos que componen la vida de un buceador, como los problemas con el nitrógeno en sangre, el uso de la cámara hiperbárica, las opíparas cenas recién capturadas, el juego con los propulsores, la belleza del mundo submarino; todos, elementos ideales para construir una historia sólida y de una belleza tan deslumbrante que hace, por momentos, olvidar la crudeza de algunas imágenes, como la muerte del ballenato o el pez erizo agonizante.

imagen de El mundo del silencio

El mundo del silencio es uno de los trabajos más bellos, entre los innumerables cortos, documentales y series de televisión que Cousteau realizó, según explicaba, haciendo ciencia pagada por el cine[1]. Sin dudas, es el pionero de este tipo de documental, al cual muchos le reprochan ser más figuración que ciencia y del que ha sido disciplinada la mayoría de los canales televisivos dedicados a la vida salvaje y, en especial, National Geographic, que dramatiza profundamente el mundo animal, desvirtuándolo en su esencia para beneplácito de los amantes de las bellas imágenes y los salvajismos novelescos. Maravilloso documento de una época, no es una pieza fácil para espectadores delicados y que alberguen en sí, con demasiada convicción, la exaltada compasión finisecular que la humanidad ha desarrollado por casi todas las especies animales, como reflejo extremo y en negativo de las prácticas que se exponen en este mundo sin sol.

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[1] Marti, Octavi (1997). Cousteau entra en el mundo del silencio. El País. 

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