El viento se levanta

¡El viento se levanta!… ¡Hay que intentar vivir!
Mi libro cierra, inmenso, luego lo vuelve a abrir,
¡De las olas deshechas nuevas olas derivan!
¡Volad, volad vosotras, páginas deslumbradas!
¡Romped, olas! ¡Romped con aguas exaltadas
Este techo tranquilo donde los foques iban!

Paul Valéry, “El Cementerio Marino”, 1922.

No es difícil discernir un aire de nostalgia en las imágenes que Miyazaki suele plasmar en pantalla: nostalgia por mundos perdidos, de tradiciones olvidadas y personajes entrañables. Cada una de sus películas lleva en sí misma una magia distintiva que nutre sus historias fantásticas, e innumerables metáforas que delimitan su trama. Aun así, es un cineasta que pocas veces se repite a sí mismo, y El viento se levanta (Kaze tachinu, 2014), autodeclarada su última película y retiro definitivo, no es la excepción. Pero si algo hay que enfatizar para entender la que podría ser su obra más personal y a la vez menos agraciada (aclarando que hasta la película “menos buena” de Miyazaki roza la excelencia), es la ausencia de estas cálidas representaciones fantásticas a las cuales está acostumbrado. Sin duda se trata de una anomalía en su filmografía, una completa sacudida para aquellos cómodos con el trabajo del japonés. Hay dureza, en primer lugar, y el camino elegido por el animador va más en la línea de La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, 1988)de Isao Takahata, que de sus anteriores trabajos.

Basada en la vida de Jirō Horikoshi, afamado diseñador de aviones de combate para Japón en la Segunda Guerra Mundial, es la primera vez que Miyazaki le dedica una película completa a su más fervorosa pasión: la aviación, cuya influencia en sus obras ha reverberado desde muy temprano. Sí, ciertamente Porco Rosso fue otro acercamiento más o menos directo con el tema, pero la perspectiva no podía ser más diferente. Esta vez nos encontramos en el mundo real, en Japón. Hay un esfuerzo por aferrarse a los sucesos históricos de mayor relevancia en la historia del país, que se narran en orden cronológico y van desde el terremoto de Kanto de 1923, atravesando la gran depresión de los 30 (y el brote de tuberculosis de la misma década), y culminando en los restos de la guerra.

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Fotograma de El viento se levantaSi bien es un biopic de estructura clásica, manteniendo en lo posible la linealidad narrativa, llama la atención el ocasional uso del flashback y las rupturas temporales que llevan al espectador hasta las fantasías oníricas de Jirō, que sirven para desarrollar sus motivaciones y miedos. Estos sueños, estas secuencias que sirven como una fracturada conciencia que habla directamente al espectador, recuerdan un poco al propio Miyazaki, como si buscara decir algo más allá de la premisa del filme, más allá de la motivacional búsqueda de la esperanza. Parece haber una fractura que opaca poco a poco la paleta de colores, un subtexto deprimente y arrollador.

Es inevitable separar la película de la realidad, y no tener en mente el inminente retiro del realizador, pero que haya escogido esta historia en particular, tan opuesta al resto de sus animaciones, debe significar algo. ¿Qué tienen en común Jirō y Miyazaki? ¿Cuáles son esas virtudes y esos demonios que comparten? La obsesión y el perfeccionismo podrían ser dos características innatas entre ambos, y también la búsqueda de lo bello. Jirō es recordado por haber diseñado cazas de guerra, el más famoso, el A6M1, posteriormente llamado Navy Type o Carrier Fighter, responsable de innumerables muertes y acreedor de un éxito rotundo para los nipones, debido a su capacidad para despegar desde un carguero en el mar.

El viento se levanta, de Hayao MiyazakiLa belleza por la cual lucha Jirō es responsable de inmensurable destrucción, y aunque no se refleja con obviedad en la película, sí hay pistas y escenas que llevan a la conclusión de que Jirō está consciente de ello. Sin embargo, es lo único que sabe hacer, lo único que quiere hacer, y lo único que ama. Su fervorosa pasión es lo que se conserva con el pasar de los años, a diferencia de las personas con las que se ha relacionado, amigos, y amantes. Gianni Caproni (1886-1957), especie de Pepe Grillo en las ensoñaciones oníricas de Jirō, diseñador de aeronaves italianas, dice con certeza en una de dichas ocasiones: “El sueño de volar de un hombre será considerado una maldición. Porque la aeronave será famosa por la matanza y la destrucción”, además de afirmar, pocos minutos después que “este es mi último vuelo antes de retirarme. Diez años de vida creativa para artistas y diseñadores es suficiente”.

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De nuevo, la voz solapada de Miyazaki se hace paso. Hablamos de un cineasta que, desde 1997, después de La Princesa Mononoke (Mononoke-Hime, 1997), ha recalcado su intención de retirarse varias veces. ¿Qué lo hace volver? El amor por lo que hace, con toda seguridad, es la respuesta correcta. Aun así, parece que la destrucción que asola a Jirō como consecuencia de su pasión inamovible se traslada a la realidad de Miyazaki como el miedo a no ser capaz de decir nada relevante, a carecer de sentido, a realizar una belleza inservible. Ha logrado superar sus temores, pero ya lleva casi el triple de lo que según sus propios personajes, es lo ideal para un creativo.

Vista desde esta perspectiva, El viento se levanta no solo representa la vida de Jirō y sus propios dilemas morales, también representa la vida de Miyazaki, sin adornos ni nada. Sin filtros ni fantasías. Desprovista de ropas, desnuda por completo como análisis propio y catarsis. Y solo por eso se convierte en una declaración incómoda de vez en cuando, demasiado triste a pesar de la calidez que proporcionan los colores y el empático diseño de los personajes. Puede ser un hasta pronto o un hasta nunca, pero además de ello, es una metáfora acerca del cansancio, del precio que hay que pagar por desentenderse del mundo. Parece que al final, la realidad siempre te alcanza.

Trailer:

//www.youtube.com/watch?v=feGrrs3X36c

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