En recuerdo de Javier Coma

A veces, el tema de la memoria es ingrato. Es normal que el mundo cinéfilo se paralice cuando es un actor o actriz de fama reconocida la que desaparece, o tal o cual autor muere. Las alabanzas y los reconocimientos póstumos serán infinitos, y todos tendremos en cuenta las alegrías experimentadas en su legado artístico. Pero hay gente que se encarga de que ese legado tenga sentido, y se hable y se respire cine más allá de la salas de proyección o los platós. Personas que nunca gritaron “¡Corten!”, ni tuvieron enfrentamientos sonados con los productores de turno, pero que nos invitaron a soñar de otra manera, con sus reflexiones, su acercamiento a una cultura que no pocas veces ha sido denostada por simple.

A comienzos de año, nos dejaba Javier Coma. Crítico, escritor, divulgador, dueño de un vasto conocimiento sobre la cultura popular y sus manifestaciones. Se atrevió a dar identidad a géneros y expresiones que, en su momento, no eran especialmente celebradas. Se acercó de forma seria y meditada a un medio como el cómic, denostado durante décadas como mero entretenimiento infantil sin contenido. En una época en la que el mundo de la viñeta reescribía su identidad y se reivindicaba, Coma protagonizó alguna de las reflexiones más lúcidas sobre el medio.

Dirigió esfuerzos a establecer relaciones entre distintas expresiones visuales y literarias, y publicó no pocas obras en las que el cómic se encontraba con el cine, o la literatura jugueteaba con la serie negra cinematográfica. Sus artículos y textos se han convertido en auténtica referencia indispensable para los que buceamos en las mismas aguas, pero con la mitad de conocimiento y capacidad de análisis.

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El afán investigador de Coma le llevó a sitios que trascendían los lugares comunes. De sus estudios surgieron acercamientos al Hollywood clásico que ofrecían la visión del contexto histórico o social del que nacieron muchos de sus mitos. La caza de brujas, el cine bélico o la naturaleza de la novela negra fueron algunos de los temas que pasaron por sus obras. Una cincuentena de libros dejan constancia de su lucidez y conocimientos enciclopédicos acerca de esos temas fuera del academicismo rancio.

La pasión con la que trataba esos argumentos le llevaron a más de una polémica. Por ejemplo, la idea que defendía acerca del cómic español de posguerra, considerado por el autor como representativo del régimen franquista y, por lo tanto, limitado en sus intenciones comparado a otros mercados. Por supuesto, esta postura es más que discutible, y no fueron pocos los autores que han enfrentado este posicionamiento.

También fue sonado el manifiesto Contra la exposición de Tintín y Hergé, firmado por diferentes estudiosos y autores, incluido Coma. En este texto, se rebajaba la identidad de Tintín como icono del cómic, así como se reflexionaba sobre la figura de Hergé, reivindicado por la derecha francesa en opinión de los firmantes.

En todo caso, en la cantidad ingente de textos que Coma dejó para la posteridad, encontramos una forma de entender los medios de masas adelantada a su tiempo en muchos casos. Del western al cine bélico, de Flash Gordon a Marlowe, de la literatura al Jazz, defendió con pasión un conglomerado de influencias e intereses.

Nos queda esa obra, el camino trazado para los que reflexionamos sobre el cine en cualquiera de sus géneros, sobre el cómic, sobre como hay un fabuloso todo formado por piezas excitantes y reveladoras. Nos deja, sobre todo, el recuerdo de la figura del divulgador, del estudioso, de todos esos que han sacado ciertos modos de expresión artística del pozo donde muchos lo mandaron, dando importancia imprescindible para comprender esos medios en la cultura popular.

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