Fences

La historia de Fences es bastante extraordinaria y tan entrelazada con el filme mismo que hace falta acercarla un poco a los lectores. La cinta está basada en una obra de teatro homónima escrita en 1983 por August Wilson. Es la sexta de diez partes del Ciclo Pittsburg y transcurre en los años 50 del siglo veinte. Lo que todos los ciclos tienen en común es que examinan la experiencia de la población afroamericana y las relaciones interraciales, entre otros temas. En 1987 la obra recibió dos premios importantísimos, el Pulitzer y el Tony a la mejor obra. En el mismo año, se estrenó en Broadway y fue premiada con numerosos premios Tony. En 2010 tuvo lugar en Broadway el primer reestreno de Fences, protagonizado por casi el mismo reparto que seis años más tarde aparecerá en la versión fílmica, es decir Denzel Washington y Viola Davis, desempeñando respectivamente el papel del carácter principal, Troy Maxson,y su mujer Rose; además de los otros, como Bono, un jovial amigo de la familia, protagonizado por Stephen McKinley Henderson; Russell Hornsby como Lyons, el hijo de Troy, que aspira a ser músico, al igual que Mykelti Williamson en el papel de Gabriel, un hermano de Troy, que tiene discapacidad mental como resultado de la guerra. La obra ganó tres de diez premios Tony a los que había sido nominada: al mejor reestreno de una obra, mejor actor para Denzel Washington y mejor actriz para Viola Davis.

Aunque el autor August Wilson terminó el guion de la versión fílmica de su obra ya en 2005 (falleció en el mismo año), la película tardó unos años en llegar a la pantalla grande, porque Wilson había insistido en que el director fuera negro. Al final, Denzel Washington, que ya había demostrado su valía como un director en dos películas anteriores, Antwone Fisher (2002) y The Great Debaters (2007), se animó, aceptó el desafío y lo hizo con mucho éxito. Hasta la fecha la película ha recibido 93 nominaciones, incluso cuatro a los recientes Oscars: a la mejor película, mejor actor protagonista, mejor actiz de de reparto y mejor guion adaptado. Ha ganado 27 premios, principalmente por la interpretación (Washington deja bien claro cuáles son sus prioridades en el papel del director). La mayoría de los premios (17), incluso el Oscar a la mejor actriz de reparto, se han ido solo a las manos de Viola Davis (Rose), la que según Sight & Sound (marzo 2017, p. 45) tiene una habilitad increíble de robar las escenas de sus coprotagonistas. Sin duda, la actuación en Fences no se puede criticar y queda claro que “la resonancia emocional del trabajo que el mismo equipo hizo en Broadway unos años antes se traduce maravillosamente a la pantalla grande” (Film Comment, enero-febrero 2017, p. 34).

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Fences requiere que el espectador haga un esfuerzo y esté atento, como si estuviera en el teatro viendo la obra en vivo. Digan lo que digan (algunos críticos son de la opinión de que comparar el filme con una obra de teatro es de una simplificación excesiva), pero sí, la experiencia parece mucho a una producción teatral y no solo por el hecho de que la acción esté encerrada casi únicamente en el hogar de Troy y Rose, a saber, en el jardín trasero y en el interior de la casa. Nos sentimos como en una sala de teatro, principalmente por el énfasis en los diálogos y los monólogos, en particular del verboso Troy que incansablemente cuenta sus historias (uno tiene que prestar atención para poder seguir estos cuentos por la energía y rapidez con la que los pronuncia Washington), al igual que la intensidad de los sentimientos, particularmente por la parte de Davis, lo que le ganó el Oscar. Permítanme que otra vez cite al autor del artículo publicado en Film Comment: “Nunca en mi vida había visto una obra de August Wilson en directo, pero la experiencia de ver la película me hizo sentir como si lo hubiera hecho (…) Fences es una apasionante interpretación de una obra de teatro con toda la intensidad y complejidad emocional de una actuación en vivo”.

No obstante, lo más importante de Fences son… los fences, es decir la vallas, las cercas. Al comienzo, Troy nos hace saber que quiere construir una valla en su jardín, aunque no lo deja claro para qué. No parece que en su propiedad haga falta una valla, tampoco él se aplica demasiado a la tarea y como resultado, a lo largo de la película no avanza mucho. Poco a poco nos damos cuenta de que las vallas no se refieren a una construcción física (por eso el título no es en singular, sino en plural –fences  en vez de fence–), pero tienen una amplia gama de significados metafóricos. De hecho, el filme está lleno de metáforas representadas por las vallas y no sabía por dónde empezar el proceso de sacar las capas e interpretarlas. Comencé entonces por preguntarme: ¿para qué sirven las vallas en primer lugar? Para indicar un territorio, para hacer que la gente sepa lo que es nuestra propiedad, para proteger la privacidad e indirectamente pedir que los demás la respeten, para generar una sensación de pertenencia y seguridad, para tener control y mantener alejadas las cosas malas, para impedir el paso de las influencias indeseables, pero también para que alguien salga y abra los ojos o que algo escondido vea la luz, para limitar a otra(s) persona(s)… La película logra demostrar muy hábilmente cómo Troy utiliza todas estas aplicaciones de las vallas en la vida de su familia. Le observamos cómo permite que las barreras influyan su vida y cómo hace que las vallas se conviertan en las barreras que le impiden conectar con sus hijos y que le llevan a perder la relación afectuosa con su mujer.

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La película va más allá de demostrar cómo estas metafóricas barreras funcionan y también revela sus efectos disfuncionales en la familia y las relaciones personales. Resulta, por ejemplo, que el pasado, cuidadosamente guardado por las vallas emocionales, sí puede destruir la cuidadosamente mantenida barrera con el presente y que no se puede tener una vida feliz escondiéndose detrás de unas vallas. Mucha materia para reflexionar.

 

 

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