Festival de Rotterdam 2017

Iniciado el proceso de transición de la dirección del Festival de Rotterdam durante el año pasado, y tras diferentes muestras de Bero Beyer durante la presente, mostrando que el cambio se ha consolidado y el Festival mantiene idéntico espíritu libre y atrevido de ediciones predecesoras, parece que lo más pertinente es centrarse en el análisis de la programación que ha ofrecido este año.

La sección oficial, compuesta por ocho largometrajes, que optan al Hivos Tiger Award, han mejorado, en conjunto, con respecto al nivel que se mostró el año pasado. Dentro de esta sección, encontramos películas que podrían considerarse adscritas a dos corrientes bien diferencias. Algunas de ellas, manteniendo arraigado un ánimo valiente y una clara voluntad iniciática y arriesgada, no olvidemos que la sección alberga primeras y segundas obras de sus directores, pertenecen a un cine de corte más narrativo, y la otra corriente pertenece a aquellas encuadradas dentro de un perfil más experimental. Así, entre las primeras encontramos Colombus, de Kogonada, Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera, o la bellísima The Burglar, de Hagar Ben Asher, y entre las segundas, encontramos, por ejemplo, la chilena Rey, de Niles Atallah. Otras, mantienen una base narrativa, aunque se convierten en un híbrido, al haber trazada sobre las mismas una línea experimental, como es el caso de Quality Time, de Daan Bakker.

Un caso que merece ser tratado con independencia es la brutal Sexy Durga, de Sanal Kumar que, además de ser la película ganadora de esta edición, es un caso que debe mantenerse al margen de esta clasificación, ya que se encuentra salpicada también por dosis de realidad, como Arábia , de Affonso Uchoa y João Dumans. Sexy Durga, de nacionalidad india, está planteada como una road movie, en la que asistimos a momentos de auténtica tensión a lo largo de una noche. La película se muestra a través de la mirada de una pareja de jóvenes amantes que pasea por la noche a lo largo de una carretera. El desarrollo de la historia terminará adquiriendo tintes de pesadilla, con el fin de mantener la clara vocación de representar la pérdida de perspectiva que se llega a sufrir desde las posiciones de poder y la posición del hombre y de la mujer en una sociedad como la que se desarrolla el filme.

Columbus era la esperada propuesta de Kogonada, estrenada de forma paralela en Sundance. Supone la ópera prima de su director, que ha decidido expresar, a través de ella, los sentimientos de sus personajes, utilizando un vehículo como la arquitectura. Así, cualquiera que conozca sus ensayos realizados para medios como Sight and Sound, por ejemplo, sobre directores cinematográficos (Bresson, Linklater, Kubrick, etc.), en los que expone con enorme sensibilidad las ideas que, como un patrón de comportamiento, se repiten, puede intuir el estilo que encontrará en su primer filme. La delicadeza con la que Kogonada crea un vocabulario propio de expresión es comparable a la capacidad de los autores que él mismo elegía para sus ensayos visuales. Este film posee algunos de los encuadres más hermosos vistos en Rotterdam, de marcado carácter pictórico. El autor se vale de esta herramienta para pasar del estado de introspección de los personajes a la exteriorización de sus sentimientos.

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Columbus

La programación de Rotterdam, además de descubrir una considerable cantidad de world premieres indistintamente, a través de sus secciones (Hivos Tigre Award, Bright Future o Voices), cumple también la función de aglutinador de muchas de las mejores producciones del año anterior. Así, se pueden recuperar películas de autores como Hong Sangsoo o Jarmusch, por ejemplo; películas que fueron estrenadas en grandes festivales como Cannes, Berlín, Venecia, Locarno, San Sebastián, etc. o, incluso, en otros como el Fid Marsella, del que Rotterdam se trajo una joya titulada Out There, de Ito Takehiro, The Summer is Gone, de Zhang Dalei, recuperada del Festival de Cine de Tokyo, o la sencilla, efectiva y carente de pretensiones The Quiet Dream, de Zhang Lu.

No obstante, la verdadero alma y la sección por la que Rotterdam mantiene su prestigio es Bright Future. Un lugar en el que habita parte de los mejores filmes que cada año se proyectan y donde se pudieron ver películas como Los territorios, de Iván Granovsky, cuyo protagonista, un joven periodista que ansía hacerse un hueco en la profesión, da un salto sin red al vacío y termina ofreciendo un repaso de los principales conflictos armados que hay en el mundo, y donde lo importante era llegar a dar el salto, vencer el inmovilismo en el que parecía sumido; Otra madre, de Mariano Luque; Pela Janela, de Caroline Leone, una película planteada a modo de road movie, que se llena de esperanza a base de mirar de frente, sin bajar la cabeza, y que contiene una hermosa metáfora con la protagonista mirando al vacío en las cataratas del Iguazú, que sirven de frontera entre Argentina y Brasil, y que viene a hablarnos de cómo traspasar fronteras, poniendo en perspectiva la situación de una mujer que ha perdido su empleo; Heis (Croniques), de Anaïs Volpe, que realiza un trabajo de montaje descomunal, mezclando el blanco y negro y el color, dando lugar a un fascinante retrato de una generación; o la bellísima Mes Nuits feron écho  de Sophie Goyette, que contiene una de las secuencias más enigmáticas vistas en el festival. La conversación entre el protagonista y su madre, ya fallecida, que se desarrolla en un espacio diáfano y con un teléfono ocupando el centro del mismo. La película habla de la revitalización de la relación entre un padre y su hijo, y de la necesidad de tomar decisiones vitales durante la vida.

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Mes nuits feron écho

Otra de las filosofías del festival de Rotterdam es la de servir de escaparate a cinematografías menos difundidas en el circuito de festivales. En este sentido, el festival encuentra otro de sus grandes motivos de existencia en ese empeño por abrir la puerta al mercado a aquellos cineastas que, por sus condiciones, puedan tener una mayor dificultad por realizar obras más valientes, que se atrevan a ver el cine fuera de los parámetros convencionales. Este hecho, también convierte a Rotterdam en un lugar donde profundizar sobre cinematografías como la puertorriqueña o la taiwanesa. Con respecto a la segunda, la de Taiwan, este año el festival ha venido a mostrar trabajos como el de Su Hui-Yu, basado en instalaciones, o a seguir certificando la crisis de identidad que aqueja a dicho país, de lo que da buena cuenta la citada Out there, de Ito Takehiro.

Por último, no es una cuestión trivial, ni que deba pasarse por alto, el hecho de que en la programación del Festival de Cine de Rótterdam se encuentre presente una película como La reconquista, de Jonás Trueba, cineasta cuya labor no hace más que revitalizar el cine español. En La reconquista, nos habla de cómo el pasado se puede llegar a fundir con el presente, suprimiendo esa brecha de tiempo que los separa, sin que se distinga uno de otro, demostrándonos que la memoria persiste y se mantiene viva, en torno a un hecho que nos marca a una determinada edad. Que nunca es tarde para recuperar los besos y los abrazos que se creían olvidados, las cartas escritas de jóvenes y esas largas conversaciones por teléfono, a escondidas en una cocina o una habitación. Trueba dirige a unos actores cuyas interpretaciones sellan la película con el mismo lacrado que se cierra una carta de amor, poniendo un broche de oro a su idea sobre la primera relación. El cine de Trueba es la constatación de que lo irrepetible persiste más allá de los caprichos o del miedo al compromiso.

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