¿Fotogramas? ¿Qué fotogramas?

Elegir únicamente tres fotogramas de toda la historia del cine es como tomar un cuentagotas y tratar de atrapar el océano. He elegido tantas veces los tres fotogramas que quería poner que me saldrían cinco, diez, quince artículos como este, pero distintos. Este, por tanto, será el relato de una elección (bueno, de tres) y el de mil renuncias; será, en cierto modo, el relato de mi cinefilia.

Al principio, pretendía elegir tres fotogramas que reflejaran el espectador que soy yo hoy en día, y me dije a mí mismo que no podía faltar alguno de los grandes maestros del cine silente, y opté por algo de Chaplin o Keaton, pero luego pensé que también deberían aparecer Méliès, Dreyer, Griffith o incluso Segundo de Chomón. Y todo eso era solo para la elección del primer fotograma. Para la del segundo, lo tenía algo más claro: con lo que siempre me ha gustado el cine del Oeste, cómo no elegir un western, pero no sabía si optar por algo de John Ford, por algo de Sam Peckinpah o por algo de Sergio Leone (este fotograma, ya lo verán, es el único que ha sobrevivido en la elección final). Y, por último, me parecía indispensable incorporar un fotograma de la exigua filmografía de Andrei Tarkovsky; es más, tenía ya elegido un fotograma (o dos, o tres…) correspondiente a Nostalgia (Nostalghia, 1983).

Luego reconsideré todo el asunto y me pareció que esa elección traicionaba, en cierta medida, mi propia memoria sentimental, mi propia memoria cinematográfica. Otra posibilidad, también muy atractiva, pasaba por recurrir a fotogramas de las películas que más veces había visto durante mi vida, lo que equivale a decir las películas que más había visto durante la infancia, cuando pasaba casi todas las tardes en casa de mi abuela y siempre ponía los mismos títulos una y otra vez todos los días. Se trataba de películas grabadas de la televisión que yo veía en un vídeo Beta, con anuncios y todo.

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La lista, por supuesto, era mucho más reducida, únicamente cuatro películas, y bastaría con descartar una ellas para cumplir el encargo. En realidad, aquellas películas no reflejaban tanto mis gustos sino las preferencias que yo tenía sobre los gustos de mi padre, que era quien realmente había grabado los filmes. Esas cuatro películas todavía las llevo grabadas en la memoria, porque nunca podré volver a ver tantas veces otra película como vi estas: La carga de la brigada ligera (La carga de la Brigada Ligera, Michael Curtiz, 1936), Robin de los bosques (The Adventures of Robin Hood, Michael Curtiz y William Keighley, 1938), 55 días en Pekín (55 Days al Peking, Nicholas Ray, 1963) y la versión de Disney de Robin Hood (Wolfgang Reitherman, 1973).

Descarté también esa posibilidad (pero decidí quedarme con una de ellas) y me dije a mí mismo que, en realidad, tendrían que ser películas que hubiera visto en el cine, no en casa en formato vídeo. Al final, opté por un camino intermedio y esto es lo que ha quedado: una del primer grupo, una del segundo y una tercera que, aunque hoy en día creo que ha perdido parte del asombro que me causó en su momento, a mí me permitió amar el cine mucho más de lo que lo amaba hasta entonces.

Estuve viendo durante años y años La carga de la brigada ligera sin saber que su director, Michael Curtiz, había sido también el responsable de una joya como Casablanca (1942). He elegido esta película, y en concreto este fotograma, porque Errol Flynn y La carga de la brigada ligera representan un tipo de cine de aventuras, de asunto épico y con cierta base literaria, que ahora mismo ha desaparecido de nuestras pantallas. A Errol Flynn, que interpretaba al mayor Geoffrey Vickers, le acompañan, en la cabeza de la columna, Patrick Knowles, como su hermano, el capitán Perry Vickers, y un jovencísimo David Niven, en el papel del capitán Randall. Faltaría en la escena Olivia de Havilland, que fue pareja de Flynn en títulos inolvidables como El capitán Blood (Captain Blood, Michael Curtiz, 1935) o la ya mencionada Robin de los bosques.

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Este segundo fotograma corresponde al inicio de Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West, Sergio Leone, 1968) y, en cierto modo, resume y condensa, si no toda la historia del cine, sí al menos la del western. De frente, se encuentra un pistolero apodado Armónica (Charles Bronson) que ha llegado a la estación de Cattle Corner para enfrentrarse a Frank (Henry Fonda). En la estación, le esperan tres forajidos dispuestos a zanjar el asunto rápidamente, interpretados por tres secundarios de lujo: Woody Strode, Jack Elam y Al Mulock. Por un lado, Leone cerraba la Trilogía Dólar; y, por otro, homenajeaba a uno de los grandes títulos del western, Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952). Los tablones de madera que preparó Carlo Simi y fotografió Tonino Delli Colli hace muchos años que forman parte de mi pasado cinematográfico.

Nunca imaginé que el cine podía tener un poder tan grande de evocación lírica hasta que vi El piano (The Piano, 1994), la película de Jane Campion en la que la música de Michael Nyman y la fotografía de Stuart Dryburgh se ponían al servicio de las deslumbrantes interpretaciones de Holly Hunter y Anna Paquin. Ese piano en el mar, junto a la orilla, al lado de las dos figuras enlutadas de las protagonistas, es ya, desde hace más de veinte, una de las imágenes más reconocibles del séptimo arte, y creo que todavía sigo enamorado de Ada.

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