Jersey Boys

Debo anticipar que Clint Eastwood no es santo de mi devoción. Pero no me pierdo una película de su autoría. Lo sigo desde los westerns de Sergio Leone, los policiales de Harry el Sucio y Magnum, y he visto toda su obra como director. Tengo mis preferidas, que no son tantas como reconocen sus fanáticos. Bird (1988) y Cazador blanco, corazón negro (1990), Mystic River (2003) y J. Edgar (2011) están entre mis dilectas. Los puentes de Madison (1995) y Unforgiven (1992), entre las que me sublevan. Las demás las he ido incorporando como curiosidades de un director que se merece un dossier, porque cada película lo va definiendo. Jersey Boys pelea por incluirse entre las primeras.

Es cierto que estamos ante un autor consagrado por la crítica. Un hombre que se rehace en cada película que filma. Un veterano que cada vez domina más la técnica. Un anciano que tiene toda la vitalidad de un joven y la experiencia de un sabio. Pero también estamos ante un hombre que siempre ha vivido en el país más poderoso del mundo, que arrastra desde sus inicios una misoginia que no logra superar y que, en sus intentos por ser políticamente correcto, deja en evidencia las costuras de su ideología más conservadora.

En Jersey Boys, Clint Eastwood adapta el musical de Broadway, que narra la historia de The Four Seasons, la banda pop nacida en Nueva Jersey de gran éxito en los años sesenta. Y lo hace con frescura, como corresponde a un hombre que se revitaliza filmando.  Eastwood venía oscureciendo su cine con historias trágicas y sin salida. Estábamos hundiéndonos con él en el enojo por el inevitable paso de los años, pero con su última película nos entrega un hálito de alegría, a través de la historia de un grupo de chicos ítaloamericanos que deben buscar su medio de vida, tratando de no caer en las trampas que les tiende la mafia. La mafia está omnipresente en el barrio, entre los jóvenes y en su trayectoria. Es un mal necesario del que no pueden desprenderse, porque en sus vidas no hay segundas oportunidades. Pero la música todo lo puede, la música puede ser la salvación… o el desastre.

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La narración va de la mano de los cuatro protagonistas, que uno a uno van hablándonos con su mirada dirigida a cámara, involucrándonos como cómplices. De los cuatro, tres de ellos han crecido en Nueva Jersey y poseen ascendencia italiana. El cuarto, aparece en un momento crucial de sus vidas, es un típico WASP (como Clint) que cerrará la composición de la banda y la impulsará hacia el éxito. Los tres primeros crecen en un barrio de clase media baja, no estudian ni trabajan y, muchas veces, invierten mal el tiempo ocioso.

Si bien el rol principal es el del vocalista Frankie Valli (interpretado magistralmente por John Lloyd Young), de quien conocemos un poco más de la historia familiar que de la de sus compañeros, la simpatía implícita de Eastwood está centrada en el más “sano” de los cuatro, el último en sumarse al grupo, el talentoso compositor que impulsa la carrera de la banda. No es casualidad que mientras los otros se divierten, el joven aún virgen sea sorprendido con una chica “de regalo”, interrumpiendo el programa de televisión que estaba viendo, donde aparece un jovencísimo Clint Eastwood en La ley del revólver.

Jersey BoysEl relato es sumamente ágil, los cuatro tienen oportunidad de contar sus historias, los espectadores nos vemos sumados a la dinámica experiencia que lleva a la fama. La música no es escamoteada, se disfrutan canciones enteras, magníficamente interpretadas con los agudos típicos de Frankie Valli  y los graves de sus compañeros. Son melodías que resuenan, porque fueron famosas en su época, convertidas hoy en clásicos que todos hemos escuchado alguna vez en nuestras vidas. La cámara se desplaza por el plató con total naturalidad, mientras la escena se llena de ritmos resaltados por los fraseos de Valli, que se devora la película.

El bueno de Clint rescata en su relato el honor que admira en los orientales, como ya lo dejó ver en Cartas de Iwo Jima (2006). Hay un pacto que no se firma ante escribanos, existe un trato que se sella a través de un apretón de manos. Porque hasta quienes han delinquido tienen códigos. Es lo más positivo que entresaco de su discurso. Eso, y la alegría que nos brinda la música, a través de canciones como Sherry, Walk Like a Man,  Can’t Take My Eyes Off You o Big Girls Don’t Cry, que perduran a pesar del paso del tiempo.

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Pero esta historia de amigos de infancia, que se desplaza del anonimato al triunfo y del éxito al olvido, transita una serie de crisis personales y grupales que tienen que ver con las peleas conyugales, las deudas, la lucha por el liderazgo o las extenuantes giras. Nada extraño a otras bandas que han colapsado por los mismos motivos.

Jersey BoysEn Jersey Boys, hay imágenes inspiradas en Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, Sergio Leone, 1984) o Buenos Muchachos (Goodfellas, Martin Scorsese, 1990), y cierra con la alegría coreográfica típica de West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), en una especie de homenaje a la obra teatral que la inspiró, donde incorpora a la totalidad del reparto en ese alegre desfile final.

La fotografía de Tom Stern recrea los inicios del grupo con tonos oscuros, desaturando los colores y ofreciendo una gama de marrones que marcan la vida en el suburbio. Una vez alcanzada la fama, la pantalla se ilumina y los colores brillan. Aunque encontremos referencias a otras películas, toda la obra destila el más puro estilo Eastwood: una narración poderosa, que no se queda en la nostalgia, sino que asume la historia con un ritmo vibrante y la energía que despierta la música, cuando es un camino que se recorre “para llegar a casa”.

Quizá eché en falta cierta contextualización, con respecto a la situación política y social de la época. Pero debo reconocer que la película me atrapó desde el comienzo y no me soltó por varios días, cuando aún resonaban en mi mente las pegajosas melodías la banda.

 

Trailer:

//www.youtube.com/watch?v=L4eVH-smsKc

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