La ciudad de las estrellas (La La Land)

Tengo la fortuna de comentar sobre lo que me atrevo a calificar como una obra maestra del cine, que incluye toda una serie de elementos que permiten tal denominación. Es una obra musical, repleta de impresionantes momentos y que pone al jazz como protagonista, de una manera que todos podemos entender, aunque no seamos expertos. Apreciamos la agonía y el éxtasis de la producción musical, de la composición, de la interpretación, de la búsqueda de la fama, de las giras musicales, de los ensayos, llevados por excelentes actores e intérpretes. El protagonista, Ryan Gosling, se ha identificado de tal forma con su papel de músico que siente un llamado imposible que va lograr a toda costa, aun si su logro implica, paradójicamente, la renuncia misma. Podemos decir que la música es la vida misma, que gustar de la música es filosofar, es decir, tener amor por la sabiduría musical de la vida, con sus notas, ritmos, alteraciones, argumentos, desenlaces y, sobre todo, amor por sus inesperadas variaciones, siempre hermosas.

Es también una película sobre el cine y sobre la actuación, combinación que con frecuencia ha dado lugar a clásicos del cine. Mia, protagonizada por Emma Stone, como tantas veces ha ocurrido en el cine y en la vida real, ha llegado a Los Ángeles buscando el ideal de convertirse en una actriz de cine, del tipo que sea. Para ello está dispuesta a participar en todo tipo de audiciones. Son memorables esos momentos en que la vemos haciendo extraordinarios y extraños pequeños papeles en las audiciones, rechazados de inmediato por los poco interesados e inconscientes jueces que seleccionan. Naturalmente esto conduce a que el personaje sea favorecido empáticamente por los espectadores. Mia descubre que hacer teatro es siempre una opción, ante la familia, ante los amantes, ante uno mismo y ante el público, y por esta ruta ella va tejiendo una historia posible, para convertirse en actriz y persona.

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La La Land, fotograma

En ambos casos, como ocurre también con frecuencia en el buen cine, La La Land es una película sobre la vida de dos personajes, tan bien contada, que alcanzamos a captar su esencia, a sentir que los conocemos mejor de lo que ellos se conocen a sí mismos. Esto nos pone en una ventajosa condición de sabiduría, no solamente sobre ellos, sino sobre la vida, sabiduría que se siente bien, estrategia perfecta para que los espectadores se enamoren de la película que están viendo. Nos cuenta también el filme, los acontecimientos conjuntos de estos dos personajes, que es algo bien importante porque se trata de una historia absolutamente notable por la forma en que se nos la relatan, a través de mágicas coincidencias, románticas situaciones, inesperados giros y desenlaces, literalmente, para todos los gustos. Se trata de personajes protagonizados por artistas atractivos y expertos, que aprovechan a plenitud sus encantos personales en cada escena (sonrisas, movimientos, gestos, miradas) para atrapar e impresionar a los espectadores, sin que sea necesario recurrir a tomas fogosas o explícitas. Se logra el efecto de mirar al amor desde un punto de vista a la vez espiritual (que trasciende las circunstancias) y real (que se ve golpeado por las cosas que pasan).

Por otra parte, La la Land es una película sobre el logro de metas e ideales cuando estos están impulsados no solamente por cada quien, sino también por el amor altruista de una persona cercana que da complemento y fortaleza en los momentos en los que se hace necesario. Se plantea que las relaciones amorosas pueden llegar a ser, esencialmente, relaciones de personas que se animan en sus metas, siendo esto un valor tan romántico y atractivo, como lo son aquellos que se consideran tradicionalmente como generadores de romance: la belleza, las miradas, los ambientes, las imaginaciones, las caras, las palabras amorosas y bellas.

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Emma Stone

Pero, ante todo, identifico a La La Land dentro de la mejor tradición del cine musical estadounidense. Se inicia con una extravagancia musical escenificada, de forma apropiadamente californiana, en una congestionada autopista de las muchas que pasan por la costa Pacífica cercana a Los Ángeles. Los pasajeros y los conductores salen de sus vehículos y realizan una impresionante coreografía de danzas y cantos, toda una nueva visión metafórica sobre lo que significan las multitudes de indiferentes transeúntes como conglomerado humano, que puede relacionarse y experimentar nuevas situaciones, si hubiera algún motivo y alguna razón para ello. Un comienzo bien auspicioso que ya pone a los espectadores en actitud abierta hacia lo que vendrá después. Un excelente ejemplo de lo que puede el diseño.

Sin embargo, contrario a las posibles expectativas que esta escena inicial pueda generar, lo que sigue no abusa de la actuación musical, pero sí la aprovecha, aquí y allá, en forma bien apropiada, con momentos que dan encanto y vida a la acción, especialmente en los varios encuentros de los protagonistas. Y si el inicio es de gran calidad, el desenlace, desde lo cinematográfico, lo supera, deleitándonos con finales paralelos de gran belleza y humanismo.

Imagen de La ciudad de las estrellas - La La Land

Termino anotando que otra virtud de muchas buenas películas es referirse a alguna ciudad, resaltando los ambientes y las particularidades que estas puedan tener. No es fácil hacer esto con Los Ángeles, una ciudad extensa, difusa, compleja de caracterizar, bien distinta a París o Nueva York. Sin embargo, el director también encuentra formas de acercarnos y encariñarnos con esos ambientes angelinos, en los cuales la inmigración, la búsqueda de nuevas oportunidades, las vistas al mar, el cine y la música han sido protagonistas.

 

Tráiler

//www.youtube.com/watch?v=Ekrr94BohBQ

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