La comuna

Nueva película de Thomas Vinterberg, conocido por ser el compinche de correrías experimentales del inefable Lars Von Trier en el nacimiento de aquel lejano (y superado) Dogma 95. Mucho ha llovido desde la aplaudida Celebración (1998), y quedaron muchas películas por el camino. Algunas, brillantes demostraciones de fuerza por parte de un director único, otras olvidables y alejadas de los grandes momentos que el cine de Vinterberg puede alcanzar. Entre sus últimos puñetazos sobre la mesa, La caza (2012), por poner un ejemplo de la capacidad para golpear las tripas del espectador.

La comuna cuenta la peripecia de un matrimonio, abrumado por el tamaño de la enorme casa que acaban de heredar. Surge entonces la idea de convertir el espacio en un lugar distinto, abierto a una colectividad de amigos y conocidos. El cambio radical en la vida de los protagonistas se tornará en descubrimientos, novedades inesperadas y, cómo no, los inevitables conflictos humanos. Vinterberg nos invita a la intimidad de estos hombres y mujeres, a la cotidianeidad extraña que sustenta la convivencia. Desmenuza el día a día de estos desconocidos, a la búsqueda de un modo distinto de vida, fuera de la organización familiar convencional. El director ha dado muestras de su habilidad destructiva, precisamente, con los roles de la familia tradicional, así que, por mi parte, esperaba artillería pesada. El problema es que Vinterverg está muy lejos de esa mala baba de antaño y se embarca en un viaje de emociones más convencionales, a pesar de la aparente rareza de la situación.

En La comuna de Vinterberg, más que un hogar, encontramos un escenario teatral, demasiado encorsetado en las intenciones del director. Las formas elegidas para la representación de la vida entre esas cuatro paredes no dejan respirar la historia, tan medida que resulta predecible. Detrás del aparente canto a la diferencia que ofrece La comuna, hay una historia excesivamente convencional, que se salva de la caída en el telefilme lacrimógeno, porque hay un director con algo más que talento para dotar de vida a un guion sin sorpresas.

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Imagen de La comuna

La esencia coral de La comuna se desvanece cuando todos los personajes son engullidos por la pareja protagonista. Los habitantes de esta extraña casa se transforman en meras comparsas, desdibujados y reducidos a marionetas que justifican el avance de la película. Hay pequeños matices que evitan el desplome de estos caracteres y los hacen seres humanos, pero en el fondo son parte de un decorado construido para la explosión de los problemas matrimoniales de la pareja principal. El drama humano de estas dos personas, que se alejan por momentos, a pesar de la convivencia grupal, es el único punto de apoyo de una trama que, considerando la presencia de tantas personas de un lado para otro, se tambalea con peligro hacia el aburrimiento por repetición.

Los seres humanos representados en esta convivencia resultan, en ocasiones, demasiado ajenos, alejados del comportamiento coherente de una persona en situaciones similares. Parece que son lanzados contra sus propias vidas, obligados por las circunstancias a comportarse como miserables. La empatía se reduce a cero, incapaces de conectar con el espectador, que nota lo forzado de las situaciones elegidas por Vinterberg. Todo el drama resulta inverosímil, y al final no queda muy claro el sentido de este viaje por las interioridades de La comuna.

Fotograma de La comuna

Por otro lado, Vinterberg se apoya en unos actores más que capaces, en especial por la parte femenina. Defienden sus personajes con convicción y creen en el trasfondo con más ganas de las merecidas. Esto da cierta sensación de madurez al conjunto, afirmado por el buen hacer de Vinterberg tras la cámara. Siempre acertado, apostando incluso por cierto feísmo de cámara al hombro, que acentúa el envoltorio visual repleto de naturalidad y sentido. Como decía, esto es lo que salva una historia que, en manos de un director menos hábil, no pasaría del melodrama de relleno.

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Thomas Vinterberg está muy lejos de su mejor versión en La comuna. Se echa de menos al director más incisivo, incluso despiadado, capaz de narrar fabulosas historias sobre la cara más sórdida del ser humano. Algo de eso hay, pero contado con tibieza tramposa e, incluso, efectista en los momentos de drama. Algunos personajes de la película parecen colocados con la única intención de atacar los lagrimales del público, y en este caso se ve a la legua el conejo en la chistera. No es un desastre absoluto, a pesar de mi tono en esta crítica, y tiene momentos de buen cine. Pero, en conjunto, esperaba más de Vinterberg, sobre todo con la premisa con la que juega la película. A lo mejor, no queda otro remedio que acostumbrarse a este Vinterberg de tono amable, alejado de sus momentos destructivos. En todo caso, a ver si su próxima película resulta un poco más creíble.

Tráiler:

//www.youtube.com/watch?v=_ZruzwCq6_Q

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