La Gran Muralla

Resulta sorprendente encontrarse la firma del prestigioso y alabado cineasta chino, Zhang Yimou, vinculado a una gran producción (150 millones de dólares) entre los Estados Unidos y China. La invitación a formar parte de este tipo de cine popular a mayor gloria de los intereses mercantilistas del proyecto parece una misión de qualité, nada más, sin que cualificado arte, y el fondo y forma característico de su cine asomen en cualquier momento. El engranaje mastodóntico al que se arrima exige disciplina y funcionalidad. Y, sobre todo, espectáculo grandioso y que ocupe todo el lienzo. En este tipo de proyectos no hay sitio para la autoría. Si bien, es impensable que el incondicional de la obra del autor de Regreso a casa (Gui Lai, 2014) se sentara en la butaca a esperar que aparecieran en la pantalla sus desabridos e imponentes dramas. Pero también es cierto que el amante de su inigualable filmografía pensara, con toda lógica, que un realizador de la talla y sensibilidad de Yimou pusiera algo más que adorno como recurso y propusiera, al menos con alguna subtrama, algo de carácter y brillantez, una pista de su incuestionable talento.

Sin conocer las verdaderas intenciones y motivos que han conducido a Zhang Yimou a aceptar la filmación de una película cuya trama es tan débil como el papel de fumar y cuyo planteamiento no le deja ningún margen para trabajar el contenido y desarrollar una interacción entre los personajes de cierta envergadura que deje ver su personal toque, hay que admitir, sin embargo, que la narrativa y la puesta en escena de La gran muralla se adaptan a la perfección a lo que se espera de un filme de estas características. Es decir, si olvidamos que detrás de la cámara hay un cineasta que ha sido capaz de construir severos y sulfurosos melodramas, casi todos de época, tan arrebatadores y sugerentes como, Semilla de crisantemo (Ju Dou, 1990) y La linterna roja (Da hong Deng long Gao gao Gua, 1991), el resultado final es vistoso y ameno, y ofrece el tópico enjuague maniqueo que esperas recibir. En definitiva, La gran muralla no pretende ser otra cosa que un tebeo distraído en el que se vincule un género tradicional de la cultura china, como el Wuxia (artes marciales), muy aceptado por el público, con la fantasía sobrenatural, una sugestiva mezcla que conduce a enfrentar seres jurásicos con humanos peleando por dominar el mundo.

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En La gran muralla convergen varias estéticas. Al comienzo, con mucho plano aéreo y en medio de un desierto con elevaciones montañosas, su pintura me recuerda un homenajes a la iconografía del western. Una persecución a caballo con bastantes planos generales captados por drones nos hace recordar un escenario mítico como el de Monument Valley al que asociamos muchos títulos, pero a mí me viene enseguida a la memoria, La diligencia (The Stagecoach, 1939), de John Ford. Es una manera vibrante de comenzar la película. Y, además, en apenas unos minutos, Yimou nos presenta a su pareja de héroes, otra lectura sobre las buddy movies. Dos mercenarios, William (Matt Damon) y Tovar (Pedro Pascal), occidentales en busca de dinero en los parajes exóticos de la China del siglo trece. Si exótico es el país asiático, no menos sorprendente van a ser los acontecimientos y experiencias que estos dos hombres, acostumbrados al riesgo, van a descubrir con sus propios ojos. Son soldados de fortuna, que sirven a quien les paga, y no ponen inconvenientes si en el fragor de los servicios prestados implementan su botín con cualquier bien con el que estiman obtener un rédito añadido.

Fotograma de La gran muralla

La llegada de los héroes (muy esquemáticos) a la gran muralla china es la entrada a un mundo fascinante de orden militar, jalonado por una jerarquía muy competente y en el que los mercenarios, tras solventar los recelos iniciales con los que son recibidos, ven la posibilidad de ganar la confianza de los oficiales de mayor rango y conseguir un estatus de privilegio para sus planes avariciosos. Este perfil, algo gansteril, dibuja una actitud occidental desaprensiva e innoble, sobre todo en Tovar, el más facineroso y oportunista. Sin embargo, William, en el transcurrir del metraje, y toda vez que entra en combate y se percata de la grandeza de la pelea, olvida sus razones crematísticas para imponer sentimientos afines a su cometido como héroe, tales como la lealtad y la gratitud.

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Valores que corresponden a la gran estrella, Matt Damon, seducido por la espectacularidad colectiva de un regimiento de hombres y mujeres sincronizados de tal manera en la batalla, que se imponen a la visión individual de William, quedando atrapado por la belleza coreográfica de un ejército que en su estética bélica recuerda, salvando las distancias, el fascinante tráfico de figurantes del filmes corales como Ran (1985), de Akira Kurosawa.

Justo aquí, y ya en el umbral de la estética fantástica, asistimos a los mejores momentos de La gran muralla. Sólo que la grandilocuencia de la puesta en escena, muy elaborada, por otra parte, no deja ver los conflictos humanos y los sentimientos contradictorios que emergen en los dos mercenarios. Mientras que Tovar se limita a perseguir su obsesión por el tesoro, ayudado por otro occidental, Ballard (Willem Dafoe), muy desdibujado, William no olvida su legendaria fama que le precede y mastica sus ideales, principios y ética, que siempre están puestos al servicio de la lucha y el coraje. Una encrucijada moral que se resuelve con un simple chasquido de los dedos y cualquier coartada de introspección del personaje queda ahogada por la mecánica del relato.

No voy a negar la calidad visual de la película. Ni tampoco el soberbio despliegue de figurantes, que bien adiestrados se mueven con una precisión de acróbatas, fortaleciendo el lado espectacular del filme. Es como estar bajo la carpa de un circo y tener delante, en la pantalla, a los artistas del Circo del Sol. Los números diseñados, como la facción integrada sólo por mujeres, es de una vistosidad extraordinaria. Lleva el filme al terreno de la maravilla, con un majestuoso despliegue de elementos muy bien orquestados, que hace de La gran muralla ese producto de efímera trascendencia “intelectual”, solventando por su cuño de pasatiempos que sólo se disfruta mientras lo ves. En cuanto sales de la sala de proyección, y es una lástima, lo olvidas.

Tráiler:

//www.youtube.com/watch?v=f9RZEdHMPvU

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