La ladrona de libros

Presumiblemente, la muerte vive para contemplar nuestras existencias y aunque pueda enamorarse de ellas, debe conformarse con llevarse a los vivos, a facilitar que llegue nuestro fin resignadamente, sabiendo que las historias de vida y muerte se repiten incesantemente, sin remedio, sin pausa. La injusticia y la frustración aparecen por doquier, sobre todo en tiempos de guerra, como compañeras de las vidas de personas que se desgastan y se mueren, sin mayor justificación, producto de las varias manifestaciones violentas de la rígida tontería humana.

Si alguna época reciente ha estado signada por los resignados regodeos de la muerte, es la que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial. El cine que se refiere a la misma, en general, nos tiene acostumbrados a tratar con los acontecimientos vividos en las zonas ocupadas por los alemanes y japoneses y, eventualmente, liberadas por los aliados victoriosos, no siendo tan frecuente el tratamiento de lo que se vivió en Alemania y en Japón. Alemania fue el gran país agresor; al final de la historia y en el transcurso de sus victorias iniciales y de sus derrotas finales, llegó a perder un diez por ciento de su población (contribuyendo con cerca del diez por ciento de las pérdidas humanas totales de la guerra) y a experimentar enorme destrucción y caos. Todo ello ocurrió en un contexto complejo, con frecuencia inexplicable, dado el alto nivel cultural, científico, filosófico, artístico y educativo del pueblo alemán, que en principio no tendría por qué dar cabida a tales extremos de brutalidad y de violación de derechos humanos como el que resultó de sus agresivas y tercas acciones de guerra.

The Book ThiefEs en estos ambientes, el de la Alemania en tiempos de la guerra y el de la muerte que se va llevando a los vivos, que se nos cuenta la preciosa historia de una niña que pierde a su madre, apresada por sus ideas políticas, y a su pequeño hermano, que muere inesperadamente mientras viaja con ella en un tren, en medio de campos de nieve, inmaculados y tristes. La niña es entregada para su cuidado y manutención a una pareja ya entrada en años, que vive en alguna pequeña ciudad de Alemania. Transcurre la historia en medio de un sencillo ambiente pueblerino, donde las personas no saben con claridad qué es lo que está pasando con la guerra, pero de todas formas van sintiendo cada vez más sus efectos negativos. La ideología nazi va dejando sus huellas y todos se ven obligados a adaptarse y a responder, algunos con entusiasmo, otros con resignación, alguno con actos secretos o rebeldes, todos intentando sobrevivir y tratando de mantener cierta dignidad, cierto equilibrio.

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Un hecho terrible sucede, hay una quema colectiva de libros en la plaza principal, para erradicar las ideas de filósofos, escritores y pensadores decadentes. La niña horrorizada contempla el macabro espectáculo y en forma secreta se lleva uno de los libros, medio consumido por el fuego, que arde junto a su cuerpo, lanzando humo y calor. Este es el bautismo de fuego para una pasión que se enciende en la niña, la de la alegría de leer, la del gusto por las palabras y sus significados. Ella va sembrando amores de lectura y recogiendo cosechas de amistad y de sabiduría.

Fotograma de La ladrona de librosLa ladrona de libros se enfoca en las humildes aventuras de esa niña, que se vuelve lectora, que se emociona con los libros, no importa que no posea ninguno, a excepción de un curioso manual de sepulturero con el cual aprende a leer (y que le queda de herencia de la muerte y del entierro de su hermano, ocurrida en algún cementerio o paraje descampado, cubierto de nieve) ¿Y ello para qué? Para darse cuenta de que la mente y el alma humana son claramente evolutivas, capaces de encontrar sintonía con los sueños de los escritores que ya fueron, esos seres soñadores e idealistas, abiertos a que haya muchas lecturas apasionadas de sus escritos. Seres no siempre escuchados, carentes con frecuencia de ladrones de libros que se roben sus palabras para crecer y para soñar.

Las aventuras de la niña lectora transcurren en un extraño mundo en el cual los demás no pueden saber de sus lecturas. Una pesada carga se cierne sobre sus hombros con cada palabra que aprende, con cada palabra que anota y que quisiera compartir, algo bien extraño que ella finalmente comprende: de sus silencios dependen vidas. Pero también, con sus palabras y con sus lecturas en voz alta, misteriosamente, ella salva vidas y transmite sentido y trascendencia. En una escena sublime, la niña cuenta una bella historia, armada con los retazos de sus lecturas clandestinas, a un grupo de personas que se refugian de las bombas en algún sótano. Todos sienten la magia de la palabra inspirada, testigos de esas antiguas tradiciones de los contadores de historias que embrujan con sus cuentos.

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Escena de La ladrona de librosNo es esta una época de ladrones de libros, inundados como estamos de textos, de bibliotecas, de opciones para leer y para aprender. No hay amenazas ni prohibiciones, no hay que refugiarse en sótanos para leer y para anotar y memorizar palabras nuevas. Y sin embargo, pareciera que tanta abundancia fuera una especie de excusa, de maldición para no leer con pasión. ¿O sí? Quizás no se sepa, dado que lo que pudiera no darse es la escucha, abrumadas las personas por tantas opciones y entretenimientos. Pienso que La ladrona de libros es un bello llamado a apasionarse por la magia de las palabras que se escriben y que se cuentan, por las que se transmiten a través del tiempo y de las distancias, palabras que vencen a la muerte, palabras de vida.

Trailer:

 

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