La Venus de las Pieles

Un teatro. Dos personas. Uno de ellos un director que, después de una tarde de audiciones para buscar a la protagonista de su nueva obra, se siente frustrado y perdido al no encontrar lo que necesita. La otra es una actriz que arriba al lugar en medio de la lluvia, desorientada y extrovertida. Ambas fuerzas chocan entre sí, debatiendo el control sobre la atmósfera, intentando anularse la una a la otra. Pero él accede a ver su audición, a pesar del cansancio. Ella, preparada con ropas de época, inexplicablemente con un libreto guardado en su bolso, recita sus líneas. Él queda envuelto en una profunda confusión, lleno de éxtasis. Porque, a pesar de las extrañas circunstancias… es ella. Ella es Vanda, la mujer que necesita. Ella es la Venus de las Pieles.

En Un Dios Salvaje (Carnage, 2011), Roman Polanski, cineasta galo de origen polaco, conocido por ostentosas producciones como El Pianista (The Pianist, 2002), o Chinatown (1974), demostró que detrás de todo su formalismo clásico empezaba a surgir una nueva etapa en su filmografía (ligeramente más experimental) que podía tratarse de un mero esfuerzo unitario, o convertirse en posterior tendencia. Tres años después, La Venus de las Pieles, llega para definir otro paso hacia esa exploración artística que acerca al cineasta hacia una vertiente más minimalista, pero de igualada intensidad y profundidad. Hay algunas similitudes al más reciente Bertolucci y de nuevo la trama deriva de una representación teatral, esta vez de la obra del dramaturgo David Ives, a su vez inspirada en la novela homónima de 1870, escrita por el austriaco Leopold von Sacher-Masoch, “padre” del sadomasoquismo literario.

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Y una vez que Vanda empieza a desinhibirse, una vez que se le permite “actuar” con total libertad, Thomas, el director, decide formar parte del juego, leyendo las líneas del otro personaje de la representación. En resumen, esto es todo lo que sucede en la película de Polanski. Y cabe acotar de una buena vez: es una “pequeña” gran película. Emmanuelle Seigner y Mathieu Amalric están muy correctos en sus interpretaciones, y el guion contribuye a la cristalización de una evolución psicológica en los personajes claramente visible. Admirable resulta el manejo de la única locación en la cual se desarrolla la trama, el uso de los fondos y colores. La atmósfera es sombría en algunas ocasiones, y cálida en otros: hay un discurso cinematográfico que enfrenta, como ya se mencionó antes, al escritor contra su musa, la feminidad contra la masculinidad, el poder y la debilidad.

La Venus de las PielesA su manera, Polanski desarrolla una metaficción, donde la realidad se funde con la irrealidad, y donde los roles de los protagonistas van mutando, poco a poco, sin dejar muy claras sus verdaderas intenciones. La metáfora del cazador cazado es aplicable con facilidad, y la figura de la mujer fatal también está presente. Este compendio de elementos, que en papel pueden parecer excesivos, se complementan con facilidad, trasladados a la imagen, y mutan constantemente mientras la historia toma forma y se desarrolla.

Si bien hay una crítica directa a la propia obra y su sexismo, también hay una reflexión acerca de las pequeños obsesiones que acuñan los autores, de sus inspiraciones y sus formas de relación a través del poder. El autor es dios para sus personajes; ejerce control sobre ellos, pero a su vez necesita de la inspiración. La inspiración, o musa, es otro factor que controla el desarrollo de los relatos y sus circunstancias. Caprichos y caprichos rodean el mundo de la narrativa, y en La Venus de las Pieles se materializan en los personajes de Vanda y Thomas. ¿Hasta qué punto está el autor a salvo de los demonios que libera entre sus páginas? ¿Qué tanto, o poco, encierran sus personajes respecto a sí mismo? ¿Cuánto es capaz de reflejar acerca de su vida cotidiana?

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La Venus de las PielesThomas empieza siendo el dueño absoluto del escenario, pero termina envuelto en los peligros de sus propias creaciones. Si este personaje es, en cuestión, un alter ego rejuvenecido de Polanski, quizás esto explique por qué el realizador se ha decantado por el minimalismo en sus dos últimos proyectos. Es posible que, en orden de rodear las pretensiones en una época llena de efectismos, desee aferrarse a una unidad mínima de acción con el objetivo de explorar sentimientos más sinceros, al estilo de Lars Von Trier y su Dogville (2003).

Los roles se invierten y los límites se disuelven por la estrecha relación que guardan ambos protagonistas (en la película) con los protagonistas de la obra. Este juego inmiscuye al espectador en momentos de honesta exploración emocional, que es el punto fuerte de la película de Polanski. Sin grandes petulancias y en la misma tónica que su anterior propuesta, La Venus de las Pieles demuestra ser un pilar para lo que podría ser un nuevo rumbo en la filmografía del polaco, a pesar de su avanzada edad. Y vale la pena acotar que su futuro no podría ser más prometedor.

 

Trailer

//www.youtube.com/watch?v=qUnwkHXltxA

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