Lion

Un camino a casa (Lion) es una historia de vida, basada en un hecho real, lo cual posee una carga dramática indudable. El reto, entonces, es mantener el vértigo de una vida inquietante, donde el azar, ayudado por las acciones humanas, va diseñando el destino del protagonista. De pronto, la cartelera solo ofrece historias de seres marginados, parece haber encontrado en este tema una cantera inagotable que, en todo caso, se hace redundante para los ojos del espectador. Si no, qué otra cosa son Moonlight (Barry Jenkins), Un gato callejero llamado Bob (A Street Cat Named Bob, Roger Spottiswoode) o, incluso, la última película de Martin Scorsese, Silence… La pobreza, la sexualidad, la drogadicción y la religión, si bien son detonantes de diferente gama, confluyen en un mismo y reiterativo tema, el excluido de la sociedad, el paria, el perseguido, el otro en el que no queremos reconocernos.

Lion está inspirada en la autobiografía de Saroo Brierley, un joven indio que estuvo perdido durante veinticinco años. A los cinco años, Saroo suele ir con su hermano Guddu a buscar monedas en los vagones del ferrocarril. Cierta noche se queda dormido en el vagón de un tren de carga que viaja durante catorce horas, alejándolo del hogar. Una Calcuta oscura, mugrienta y superpoblada lo recibe en un laberinto de miserias y peligros, hasta que finalmente es adoptado por una pareja australiana, donde crece, estudia y se prepara para el futuro, un futuro que no logra soslayar hasta que no encuentre su origen.

Fotograma de la película Lion

Así dispuesta, la historia puede estructurarse en tres partes. La primera, narrada en dos largas secuencias, donde se nos cuenta, por un lado, la composición familiar: su admiración hacia su hermano mayor  y la necesidad de ayudar con su esfuerzo a una madre que realiza un duro trabajo para mantener a su precaria familia; y por el otro, la vida en Calcuta, donde debe comunicarse sin comprender el idioma, sobrevivir entre pederastas, ladrones y abusadores de  autoridad. La segunda parte, muy escindida de la primera, transcurre en Tasmania, donde vive junto a los padres adoptivos y crece como un joven de clase media, pero torturado por no encontrar su pueblo de origen. Finalmente, en la tercera se narra el desenlace, que no develaremos.

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Esta división narrativa está marcada fundamentalmente por la materia expresiva. En la primera parte, los contrastes entre la luz del día, con paisajes en tonos ocre y blanco, y la noche, con espacios cerrados, mal iluminados, sucios y aparentemente malolientes, son el escenario donde transcurre la infancia de Saroo. Esa fotografía oscura, debida a Greig Frasie, se acentúa más en Calcuta, donde además, hay un movimiento incesante de una masa de gente que camina como si no tuviera más destino que moverse, abrirse paso y rápidamente desaparecer para dejarle lugar a más gente en la misma situación. La noche no trae la calma, los espacios no están deshabitados, muchos duermen en la calle. Nuestro pequeño personaje parece destinado a hundirse cada vez más en ese fango, donde el peligro acecha continuamente. Como espectadores, estamos alertas, atentos a que todo lo que le rodea no lo toque, con el miedo latente de que trastabille en ese camino realizado por una cornisa resbalosa, donde los lobos hambrientos están desvelados para ver caer la presa.

Imagen de Lion

La segunda parte, que transcurre en Australia, nos permite un respiro, la mirada se ilumina con ambientes pulcros, paisajes plenos de luz y una vida, aparentemente, sin mayores contratiempos. Es en este tramo en que el personaje va cayendo en una obsesiva búsqueda de su identidad. Lamentablemente, no tiene la fuerza de la primera parte y el interés del espectador decae. Parece la historia de un chico normal, con una novia comprensiva y unos amigos en los que se reconoce. Algún ruido hace la relación con su hermano adoptivo, pero nada que nos conmueva demasiado. Estamos aún impregnados de las primeras imágenes y la historia del pequeño, al que volvemos a reencontrar hacia el final, donde se desarrolla la búsqueda propiamente dicha paralelamente a imágenes de archivo que constatan la veracidad del relato. Garth Davis interpreta a Saroo adulto, con gran promoción de parte de la industria, pero es Sunny Pawar (el niño) quien realiza el mayor aporte al filme. Su caracterización, su expresión entre asombrada y valiente, su cuerpo tan diminuto y su mirada inteligente lo conducen por un camino creíble, donde va sorteando todo tipo de peligros.

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Podríamos haber prescindido de la segunda parte… El germen y la conclusión son demasiado fuertes para endulzarlos con un apéndice que no es fundamental para la contundencia de la historia que se nos cuenta en casi dos horas. Como al pasar, se menciona cuál fue la razón de la pérdida del muchacho, por qué no encontraba su ciudad y el significado de su nombre. Tres motivos fundamentales para entender su extravío y justificar su relato. Alrededor de ellos se ha edificado una crónica que tiene su peso en la primera parte, divaga en la segunda y concluye fuertemente para dejarnos con una sensación de orfandad que necesita un tiempo para calmarse.

 

 

 

 

 

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