Los dinosaurios ya no viven aquí

Miguel Ángel Pérez Blanco ha realizado con este, su segundo cortometraje, después de Carretera al Atlántico. Dice que el cine es “como una pulsión interna, parecida a la de estar enamorado” y defiende la idea de que el cineasta amateur sólo filma aquello que ama. Así, Pérez Blanco empieza a trabajar desde la pasión, pero sin dejar de rodearse de los miedos y las dudas propias que asaltan al realizador de una película, para conseguir llegar de este modo a la certidumbre que ofrecen los hechos concretos que acontecen en la vida.

Juan (Martín Rodríguez) y Elisa (Iria del Río) vuelven a casa en su coche, mientras Blues (su perro) les acompaña durmiendo en la parte trasera. Hacen una parada en medio del bosque para dar una vuelta y estirar las piernas. A partir de aquí nada volverá a ser igual que antes.

Cuando nos enfrentamos a Los dinosaurios ya no viven aquí salta a la vista la sencillez con la que se ha realizado el film, si bien esto es solo pura apariencia, ya que su director ha conseguido atrapar un universo más complejo en su interior.

Veamos, la película está construida en torno a cuatro elementos: los personajes de Juan y Elisa, la pareja protagonista; el perro de ambos (Blues) y el bosque, que se buscó frondoso y en el que la luz diese una sensación de opacidad. Y aunque no lo parezca, estos dos últimos elementos terminan por ser fundamentales, ya que complementan la historia principal de los dos personajes y le permiten avanzar de manera singular.

Blues, el perro de ambos, marca los puntos de inflexión que sufre la relación entre Juan y Elisa, llegando a simbolizar ese estado de esperanza al que parecen vivir aferrados para seguir adelante y luego terminar representando todo lo contrario.

El bosque cobra vida propia, a través del diseño de sonido, con todo un catálogo de ruidos (crujidos, grillos, árboles rompiéndose, etc.) que representan el mundo interior que encierra. Sobre este aspecto se extiende el director en la entrevista que le realizamos. El gran protagonismo que se le confiere culmina en un hermoso plano, que supone una bella e inteligente alusión al cuadro Los solitarios de Edvard Munch. Se trata de un ligero contrapicado, en el que Elisa, de espaldas, espera a Juan, mientras éste entra por la izquierda del cuadro, sube hasta colocarse a su altura y se queda enfrentado a ella, pero manteniendo una distancia que parece insalvable y que podría considerarse como el abismo que se ha creado entre ellos.

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Pero no solo del estado de una relación nos habla Pérez Blanco en Los dinosaurios ya no viven aquí. También se habla del amor y del desamor, del pasado y de lo que éste tiene encerrado para cada uno de nosotros, de las relaciones paterno-filiales (“yo lo que quería es que mi madre se dé la vuelta y me mire, Juan… y que, con un poco de suerte, me sonría“, dice Elisa en un momento de la película), porque esa inseguridad que demuestra ella, quizás pudiera haberse generado ahí, en la relación con sus padres. Además, también en Elisa están presentes las dudas, el miedo al rechazo, expresados a través de cierto estado de apatía, parálisis, dejadez, pasividad o, incluso, insatisfacción, que pudiera ser lo que la mantiene así, impidiéndole avanzar.Los dinosaurios ya no viven aquí

En este sentido, el personaje de Elisa (gran interpretación de Iria del Río) está dibujado con una mayor profundidad, con más matices, soportando la mayor parte del peso del cortometraje, y termina por convertirse en la voz del autor, en contraposición al de Juan, algo más plano y con menos fantasmas interiores que ella, que únicamente ejerce de contrapunto en la escena de la noche, intentando calmar a Elisa, y al que se le da la oportunidad, mediante el uso de la voz en off, de explicar el origen del conflicto con el que finaliza la película.

Pérez Blanco se vale de un guion con una estructura bien diferenciada en tres actos y que ha conseguido materializar en 55 planos, de los cuales, el más largo es ese en el que Juan cuenta la historia de Samuel (dura 1:41 segundos). En este sentido, destaca la ausencia de movimientos de cámara en la mayor parte del cortometraje. Éstos se concentran en la parte central del film, especialmente en el momento en que los personajes pasean por el bosque, cuyo fin, por tanto, es el de acompañarlos. El resto de la película está construida con planos fijos, en los cuales la escala va cambiando a medida que los personajes se mueven en el interior del encuadre.

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Los dinosaurios ya no viven aquí_cortoEs inevitable establecer también un paralelismo entre la escena del baile que interpretan los dos protagonistas durante la noche y en medio de ese bosque, danzando al son del compás de Fat City, la canción de Alan Vega, con la de  Martin Sheen y Sissy Spacek  bailando al compás de Blossom fell, de Nat King Cole, frente a su Cadillac robado, en Malas tierras, la ópera prima de Terrence Malick.

Asistimos, por tanto, a los últimos vestigios de luz que parecen alumbrar a esta pareja, sin una aparente solución de continuidad, o quizás no… Nunca lo sabremos. Pero lo que sí parece ofrecernos su director, es un retrato del desencanto y de la fragilidad que puede haber contenidos en un instante, de esa vulnerabilidad que a veces domina a ciertas personas y del comportamiento que, consciente o inconscientemente, se proponen adoptar con respecto a su entorno. Todo, tratado con un cuidadísimo estilo cautivador, onírico en algunos momentos, y acercándose a lo poético en otros; e impregnado, además, de una cierta tristeza, como la que recubre, por ejemplo, el rostro de Elisa casi de forma permanente y es, quizás, ese aspecto el que le transfiere a la historia esa lucidez que emana de ella.

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