Manchester frente al mar

Parece que ya se han contado todas las historias sobre la culpa, la pérdida o la tristeza, alimento básico para el drama de turno. Manchester frente al mar repite esos lugares comunes del conflicto humano. Sin embargo, escapa con valentía e inteligencia del ataque simplista a emociones básicas buscando la lágrima fácil. Machester frente al mar es un fabuloso ejercicio de contención, construido a base de pequeñas piezas, que en conjunto dibujan una de las mejores películas del año.

Kenneth Lonegan no sólo se hace cargo de las labores detrás de la cámara. También es responsable del fantástico guion de la película, auténtico pilar sobre el que se sustenta la producción. Todo el engranaje de pequeños triunfos que es Manchester frente al mar tiene origen en la propuesta literaria de Lonegan. La definición de personajes, las relaciones entre ellos, el perfil del tono de la película, la agilidad de unos diálogos creíbles, la disposición de la línea temporal, clave para convertir a Manchester frente al mar en un complejo encuentro con el pasado… El libreto de este película es un lujo.

La falta de fisuras en la historia permite a Lonegan y sus actores trabajar los detalles, desde la genial interpretación por parte de un plantel entregado a la causa hasta la construcción del impecable contexto que envuelve el drama de Manchester frente al mar. Las localizaciones son tan protagonistas como cualquiera de los detalles de la película. Entendemos que lo contado por Lonegan no puede suceder en otro lugar que no sea esa pequeña comunidad frente al mar. La quietud, el silencio del océano en calma, el vecindario en el que todo el mundo conoce a todo el mundo, crea una idiosincrasia única que envuelve la película y nos transporta sin un ápice de duda a un entorno tan cotidiano como particular.

Imagen de Manchester frente al mar

 

Como decía al principio, en los terrenos del drama es muy sencilla la caída en los tópicos del género o acomodarse en esos clichés para deglutir emociones prefabricadas directas a la línea de flotación del espectador. Manchester frente al mar se adentra sin miedo en un universo de emociones humanas complejas, nada conformista en el modo y la forma de explorar esos sentimientos. Enfrenta el pasado y el presente de los personajes a modo de doloroso contraste. Refleja unas vidas que nunca fueron perfectas, pero que antaño se envolvía de una extraña felicidad acomodada en la normalidad. Las pequeñas derrotas del día a día se convierten en un monstruo que devora existencias cuando la desgracia llama a la puerta de estas familias con diversas caras.

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Es entonces cuando los personajes rompen y se explican, engullidos por sus diversos modos de afrontar la pérdida o exprimidos por la culpa que ha extirpado cualquier atisbo de humanidad. Sólo queda la pesadilla diaria del superviviente. Es en esa oscuridad reinante cuando Lee Chandler, nombre del protagonista de esta historia, regresa a la fuerza al lugar donde nació y creció, del que escapó para conservar los últimos trazos de cordura. Enfrentado a sus recuerdos, a la muerte de su hermano, al reencuentro con su sobrino adolescente, a la memoria del horror personal, comienza un camino extraño, doloroso y desgarrador, mientras recompone las piezas de su alma.

Por suerte, Manchester frente al mar está muy lejos del enésimo camino de culpa y redención tan habitual en el cine comercial. Algo de eso hay, pero completado con tantos matices y detalles que el viaje interior del protagonista nos resulta creíble y humano, fuera de toda épica. El tono magistral de la película se disfraza a veces con notas de un humor extravagante, que roza la negrura, aunque sin resultar incómodo o fuera de lugar. El guion lo trata de manera tan orgánica que, efectivamente, forma parte magistral de la propia esencia de la película.

Protagonistas de Manchester frente al mar

Aunque, sin duda, el gran aliciente de Manchester frente al mar es la desgarradora interpretación de Casey Affleck. Destaca de forma abrumadora frente al resto del reparto, lo cual es meritorio, puesto que todo el equipo de actores está a un nivel espectacular. Hay belleza en el despliegue de Aflleck, imagen de la melancolía, a veces entrañable, en ocasiones perturbador. Casey es imagen de un alma hecha cenizas, alejado del mundo que le rodea, alienado por su propio drama. Por suerte, el actor encuentra el camino para que su personaje no se quede únicamente arropado por su dolor y tira de artillería emocional para colorear a Lee de algo más que simple tristeza. Aprovecha los cambios en el protagonista respecto a su pasado como ayuda para entender la realidad de un hombre destruido, incapaz de reconciliarse consigo mismo.

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Al otro lado del ring, fabulosos secundarios que enriquecen la película. No son meras comparsas de justificación a la actitud de Lee ante la vida. Sirven como reflejo de su realidad, de contraste (como en el caso de su sobrino y el conflicto generacional entre ambos) o de reflejo de esos detalles de humanidad que todavía esconde en su corazón. Sobresaliente este apartado de la película, como casi todo lo demás, repleta de caracteres para el recuerdo.

Manchester frente al mar es un drama de primer orden. Y lo es, precisamente, porque Lonegan no quiere una película recordada por la cantidad de pañuelos empapados de lágrimas tras la proyección. Es una obra sobre la tristeza, y aunque tenemos escenas que dan buena muestra de ese sentimiento, al final el espectador no tiene la sensación de película triste. Porque incluso en el drama hay lugar para otras expresiones, para distintas emociones más allá de lo evidente. En eso consiste la existencia, incluso en sus momentos más oscuros. En ese sentido, Manchester frente al mar es una lección de vida, con toda la grandeza de sus alegrías y miserias.

Lonegan ha conseguido dar la sorpresa con su genial propuesta. Desde luego, películas así se hacen grandes con cada paso al frente, y hacen grande el arte de hacer películas. No se la pierdan.

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