Moonlight

Aquí está la flamante ganadora del Oscar a la mejor película, anécdota en la gala mediante. La película de Barry Jenkins ha pasado por encima de ese monstruo sobredimensionado que es La la land (Damien Chazelle, 2016). Ha ganado el cine con entrañas, capaz de sobrecoger por el tono casi lírico escogido por Jenkins para su obra, y al mismo tiempo golpear sin piedad las tripas del espectador, en ese paseo brutal por la realidad del barrio marginal.

Tres piezas que recogen la vida de Chiron, desde su infancia a la edad adulta. Moonlight nos cuenta la historia de un niño que tiene a su alrededor todo lo necesario para transformarse en un monstruo. Compartimos un viaje de búsqueda vital, de huida hacia adelante, de reflexión acerca de lo que realmente guardamos en el interior a pesar de las apariencias. Jenkins se las apaña para encontrar poesía en la decadencia, entre el tráfico de drogas, entre la violencia y el acoso escolar.

En sus tres actos, Moonlight se aferra a unas reglas internas, a la coherencia como película por encima de artificios innecesarios y juegos peligrosos con las emociones del espectador. La crudeza del entorno se diluye en el fantástico trabajo de dirección, sin estridencias, rendido a la fuerza de la naturalidad pasmosa con la que Jenkins afronta cada aspecto de su película.

El parelismo y contraste en cada parte de la vida de Chiron nos convence de la verdad tras la mirada de Jenkins. Las conversaciones, los poderosos secundarios que construyen el presente y el futuro del muchacho, la naturalidad de los emocionantes diálogos, los encuentros y desencuentros de Chiron con el mundo que le rodea… Conforman un engranaje, un mundo propio pero anclado en la realidad cruda, dotan a Moonlight de la identidad verosímil de relato social que no olvida que tras cada rostro hay un alma, sentimientos incluso vetados en un entorno social hostil y agresivo.

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Ahí está el triunfo de Moonlight. La humanidad camuflada tras el relato crítico, la búsqueda existencial del protagonista. Un niño sensible, transformado en un adolescente huidizo y asustado, carcomido por la rabia contenida. Con esas mismas cartas, que son la fortaleza de la película, podemos encontrar, quizá, alguna de sus trampas.

Moonlight, fotograma

Y es que el espectador conmovido es inevitable con esta presentación de Chiron. Un niño con problemas de integración, sin amigos, semi abandonado por una madre tan posesiva como egoísta, adicta a las drogas, es una bomba de relojería. En cierto modo, se detecta algún atisbo de manipulación tras este carácter, destinado a poner de parte de la película al espectador. Por suerte, no cae en esa trampa tan burda. Cada paso hacia la edad adulta del protagonista es auténtico, orgánico, terrible, pero envuelto de una extraña hermosura en esos pequeños momentos de respiro para el joven.

Moonlight es de esas obras que apuestan por la delicadeza, sin olvidar la terrible fuerza que mueve la película. Hay mucho de redención en sus pasos finales, mucho de reivindicación del amor, de cualquier clase, como vía de escape de la vida más gris. Chiron lucha contra el evidente camino hacia ninguna parte que el círculo vicioso de su existencia ha previsto para él. Admitir quién es resulta mucho más doloroso que la rendición ante un destino escrito de antemano.

Imagen de Moonlight

También se puede pensar respecto al éxito de Moonlight en los Oscar que no es más que un movimiento de lavado de cara por parte de la Academia. Es que lo tiene todo, queridos lectores: diversidad racial y sexual, actores musulmanes, crítica social de la directa al estómago y el aire independiente que reconcilia con el cinéfilo. En el Hollywood politizado de la era Trump, la victoria de Moonlight es un ataque en la línea de flotación de la sociedad americana arrojada al abismo de la intolerancia y el odio. Pero no seamos cínicos. Moonlight tiene mucho cine en su propuesta. Golpea con sinceridad, con pasión, con una conciencia apabullante de su identidad como película. Su tono pausado no esconde la tristeza, los arranques de odio, de violencia, de supervivencia durante la caída. Es una película valiente, con una poderosa historia que contar, ejecutada con perturbadora belleza por parte de un director casi debutante, que deja muy claras sus formas sin tapujos.

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Moonlight es única. Quizá eso sea la mayor baza respecto a otras competidoras en la batalla de los Oscar. La sinceridad ha de premiarse, la valentía merece nuestro aplauso. Sobre todo si dejan por el camino a una de las mejores películas, en todos los aspectos, que se han visto en un cine durante el 2016. Barry Jenkins tira de preciosismo para un relato desgarrador, y la mezcla es fascinante. El relato de iniciación sirve como impulso a la trama circular, como variaciones sobre el mismo tema. El sobresaliente conjunto se atreve con todo, y arrasa, precisamente, por esa claridad en el medio y el mensaje.

Aplaudimos la decisión de la Academia, por encima del contexto político y social. Porque dentro de años, cuando desaparezca el ruido de fondo, Moonlight seguirá siendo una película hermosa, impactante, importante y libre. Una película para recordar.

Tráiler:

//www.youtube.com/watch?v=eVjyW9EJOTI

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