Muerte en Buenos Aires

La historia transcurre en Buenos Aires a fines de los años ochenta. Dentro de un lujoso apartamento, vemos el rostro sereno del agente Gómez, alias El Ganso (“Chino” Darín, en su debut cinematográfico). Está sentado al borde de una cama donde yace el cadáver de Jaime Figueroa Alcorta, más conocido como “Copito” (Martín Wullich). El joven se quita la gorra, recorre la habitación, enciende un cigarrillo, pone un disco de vinilo y pronto suena Splendido Splendente. Minutos más tarde llega la brigada de investigaciones encabezada por el inspector Chávez (el mexicano Demián Bichir) junto a su ayudante Dolores (Mónica Antolópulos). Chávez entra con aires de superioridad, es famoso por resolver homicidios. Se muestra disgustado ante la presencia del novato en la escena del crimen y lo echa sin miramientos. El hombre asesinado era un codiciado soltero gay de la alta sociedad porteña que coleccionaba cuadros y se dedicaba a los caballos. Su hermana (Luisa Kuliok) pide discreción en la investigación y el pronto esclarecimiento del hecho al juez Morales (Emilio Disi), quien accede al pedido y, a su vez, presionará al comisario San Filipo (Hugo Arana), encargado del caso. Hasta ahí, la trama avanza y muchos parecen ser los sospechosos.

Muerte en Buenos Aires, ópera prima de Natalia Meta, reproduce la estética estridente de aquellos años postdictadura. Son tiempos de una libertad añorada tras la censura. Hay excesos y lo reprimido emerge hacia la luz. La noche es el marco ideal para dar curso a la movida gay. Luces de neón, hombreras en los sacos, peinados abultados, mucho maquillaje, ropa ajustada y la música de Virus inundándolo todo.

En esa ambientación, la ríspida relación entre el rudo inspector Chávez y el agente Gómez comienza a revertirse cuando el joven policía salva al hijo de Chávez de un posible accidente. A lo largo del relato, el vínculo laboral se mezclará con lo afectivo hasta transformarse en una gran atracción. La situación es tensa y el deseo irá in crescendo. Sobre ese hecho, la directora comenta que se ha inspirado en el film de Ang Lee: “No sabría explicar por qué, pero cuando hace muchos años vi Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005) salí convencida de que si esa historia hubiese ocurrido en la Argentina, en vez de vaqueros hubiera sucedido entre policías”.

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Fotograma de Muerte en Buenos AiresA la presión afectiva, que sobrepasa al inspector, se suma el pedido del juez para cerrar el caso. Aún hay muchas hipótesis abiertas. Las pistas del posible asesino conducen a la investigación al boliche gay Manila, que solía frecuentar Copito. Allí, el principal sospechoso es su ex amante, el cantante y performer del lugar, Kevin “Carlos” González (el multifacético y destacado Carlos Casella, interpretando todas las canciones del film con arreglos de Daniel Melero). Se necesitará del atractivo del joven Gómez, decidido a todo, para infiltrarse y seducir al sospechoso. “Sin el Chino Darín no hubiera podido hacer esta película, comenta la directora. Necesitaba a alguien con un tipo de seducción capaz de despertar el deseo en otro hombre, que hasta el menos imaginado se pudiera enamorar de él”.

Si bien el tramo inicial de la película responde a las leyes del género policial y logra manejar la intriga sobre el crimen, rápidamente se abre paso a una subtrama sobre el ámbito gay, casi en un culto homoerótico, que lleva a desplazar el foco inicial y repreguntarnos la intencionalidad de la directora.

“Nada es lo que parece”, es el eslogan del film. “¿Fue él? ¿Fue ella?” se lee en los afiches. El aparato publicitario de Muerte en Buenos Aires se desplegó por la ciudad porteña junto al trailer televisivo apelando al enigma de un clásico whodunit (¿quién lo ha hecho?). La información paratextual es de un policial con una fuerte producción de fondo y una efectiva campaña de marketing. Sin embargo, la película va más allá del género, como mencioné anteriormente, pero se diluye en varias subtramas poco convincentes. En esa intencionalidad, el relato peca de ambigüedad y se desorienta.

Si la construcción narrativa es ambivalente, sus personajes también lo son. Cada uno muestra su lado oscuro y ninguno es lo que parece. La intencionalidad de sus actos es poco clara, hacen una cosa pero sienten otra. Transgreden y responden a marcados estereotipos: el comisario corrupto y cocainómano; el juez que “transa” por dinero y beneficia a sus amigos; y el dueño de Manila, Calígula Moyano (Humberto Tortonese) que graba clandestinamente las relaciones sexuales de sus clientes. Se naturaliza el engaño, la mentira y el comercio ilegal como muestra de un retrato social que, tal vez, se desprenda de una época oscura del país.

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Muerte en Buenos Aires, críticaLa dupla de Darín-Bichir no es sexy ni logra la misma química alcanzada por Ledger-Gyllenhaal,los protagonistas de Secreto en la Montaña. El “Chino” hace un buen papel y demuestra su capacidad interpretativa con gran naturalidad. En la composición de ciertas escenas y con el uso de los primeros planos, logra transmitir erotismo y masculinidad. Todo lo contrario sucede con el premiado Demián Bichir, en una forzada interpretación como policía porteño cansado de todo.

Si bien es cierto que, en Muerte en Buenos Aires, nada es lo que parece, tampoco opta por parecerse a algo. Se destaca el énfasis puesto sobre la estética de las imágenes a través de un cuidadoso trabajo de fotografía y una buena dirección de arte para las locaciones y el vestuario. Hay bellas tomas áreas desde grúas y travellings que circulan por las principales avenidas porteñas embelleciendo la ciudad, sus calles, los monumentos. Y en ese detenimiento sobre la imagen, es llamativa la escena de una suelta de caballos que galopan sin destino por Diagonal Sur. Lejos de un guiño surrealista, es un recurso efectista que diluye los indicios de la puesta en escena.

Junto a los créditos finales, se muestran las escenas que no entraron en la filmación, un recurso muy utilizado en films policiales de acción cercanos a la comedia o la parodia. Sin embargo, esta decisión tampoco es clara. Es un recurso que puede jugarle en contra, máxime, cuando aquello que vemos hubiera sido necesario en la película para definir, verdaderamente, cuál de las historias deseaba narrar.

Tráiler:

//www.youtube.com/watch?v=jBw4vKpiYpc

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