Nada más que una mujer

Berta, Dios te hizo la fina garganta
con otro limo que no es doloroso:
te la ha amasado en un río gozoso
porque sería la “carne que canta”.

Eres la fronda que da sus acentos,
Rama de carne en que pone sus voces,
Dices “mensajes” que tú no conoces,
Das del oculto el estremecimiento.

“Berta Singerman”, por Gabriela Mistral

La reciente exhibición en Buenos Aires de una copia restaurada en 35mm de Nada más que una mujer, ocurrida en la primera edición del Festival Asterisco LGBTIQ, permitió rescatar la figura de una olvidada y legendaria recitadora argentina nacida en lo que en ese entonces se conoció como Imperio Ruso, la fascinante Berta Singerman. Esta producción de Fox rodada íntegramente en español como la versión latina de un título de clase B llamado Pursued (1934) no solo resulta atractiva como muestra de aquellas realizaciones de Hollywood destinadas exclusivamente a un mercado hispanoparlante y que precedieron a las versiones subtituladas vigentes hasta nuestros días. Se trata más bien de un vestigio de aquella Babilonia que representó Hollywood en el momento en que se disponía a tomar por asalto el mundo y hegemonizar por completo el alcance internacional de sus películas, de cara a la conquista de todos los públicos posibles. Con el cine sonoro dando sus primeros y significativos pasos, resulta casi milagrosa la presencia de esta hipnótica rapsoda del sur del Atlántico, en medio de esa emergente torre de Babel, en la que resplandece con luz propia a través de su voz, casi justificando la existencia del sonido.

La historia de la película transcurre en Borneo, una isla del sudeste asiático, donde desembarca Mona Estrada, una enigmática artista que se presenta en el burdel más cercano al puerto en busca de trabajo. Ante la pregunta de la dueña en la que la interroga sobre sus atributos físicos y sus habilidades escénicas, Mona responde que ella no canta ni baila, sino que recita. Su primera performance, efectuada magistralmente y sólo en presencia de la madama y una compañera es sometida a una inteligente elipsis por parte del director, que preserva la continuidad y por lo tanto los encantos y poderes de su recitación, trasladándonos hacia su primera noche en el cabaret, donde deslumbra a los encandilados marineros y empresarios con Pregones de Buenos Aires, de Alberto Vaccarezza. Para quienes vivimos en esa ciudad y conocemos esos versos, el extenso relato de Singerman resulta de una hipnótica familiaridad. La voz de la recitadora entabla un puente sonoro entre el sudeste asiático y el Río de la Plata, trasciende mares y océanos, invoca amables fantasmas porteños como si se tratara de una hechicera. La fotografía en blanco y negro del notable Rudolph Mate realza ese carácter de ensueño. Y del mismo modo que un rapsoda griego declamaba poemas épicos, evocando dioses y guerreros caídos en batalla, en esta película la voz de Singerman remueve los escombros de un cine mudo no hace mucho tiempo derruido, concentrando toda la razón de ser de un universo sonoro victorioso, pero todavía precoz para aquella época. Comprendiendo la fuerza del recurso natural que tiene enfrente, el director Lachman resuelve sabiamente cada performance narrativa de Singerman, manteniendo la continuidad de sus relatos, sin adornarlos con florituras innecesarias y manteniendo intacta su belleza y su poder.

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Fotograma de la película Nada más que una mujerEl resto de la película se maneja en los conocidos territorios del melodrama clásico. Mona conoce y se enamora de un acaudalado propietario de tierras extranjero que ha quedado temporalmente ciego, víctima de un ataque traicionero perpetrado por un empresario local que acosa a la recitadora. Mona aprovecha la ceguera de su enamorado y haciendo otro uso privilegiado de su voz, le hace creer que es una mujer de clase, ocultando su verdadera condición. La historia presenta elementos propios de la mitología griega, al convertir un don natural de su protagonista en su principal maldición. La recuperación de la vista por parte de su enamorado implicaría su caída en desgracia si este no la reconoce como la mujer que ella afirmó ser. Cada estadio emocional de Mona obtiene su adecuada representación formal en las recitaciones nocturnas, que llegan a su punto más elevado en la escena donde la rapsoda argentina declama aquellos célebres versos de Sor Juana Inés de la Cruz, “hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…”. Sin embargo, sorprende el desenlace feliz, aunque también algo melancólico, de la película, donde Mona logra escapar de la isla en barco junto a su hombre, quien la ha aceptado más allá de cualquier engaño.

Nada más que una mujer fue rescatada por el historiador norteamericano Robert Dickson como parte de un programa de preservación de películas de la Universidad de California a fines de la década del 90. La película integró un tándem de aproximadamente 40 largometrajes hablados en español y producidos por Fox antes de su fusión con 20th Century, de los que solo un cuarto logró sobrevivir. Se exhibió en 1935 en la ciudad de Buenos Aires, y desde ese entonces la película pasó a ocupar un limbo del que solo logró salir gracias a la iniciativa de Dickson. Su rescate casi coincidió con la desaparición física de Singerman, de quien desconozco si tuvo noticia de este acontecimiento. El curriculum cinematográfico de esta notable recitadora que brilló en la radiofonía y el teatro argentinos consta apenas de tres largometrajes, pero solo Nada más que una mujer le brindó un papel protagónico. La exhibición de la película en Buenos Aires, a casi 80 años de su estreno, fue uno de los acontecimientos cinematográficos del año, más allá de su poca y casi nula repercusión mediática. La segunda proyección, realizada en el auditorio de la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica) incluyó las colas de los rollos al final de cada acto, las cuales no pudieron cortarse debido a las demandas de los dueños de la copia restaurada. Lejos de representar una molestia, esta bienvenida desprolijidad acentuó el carácter casi mágico y evanescente de una película que no forma parte del patrimonio fílmico argentino. Tal como recalcó el crítico y coleccionista Fernando Martin Peña, uno de los responsables de la exhibición de Nada más que una mujer junto a la realizadora argentina Albertina Carri (directora del Festival Asterisco) y el crítico y programador Diego Trerotola, se hace indispensable la repatriación de una copia de esta película para que integre el archivo de una cinematografía con un historial demasiado herido en materia de preservación como el del cine argentino. Para los pocos que atestiguamos esta inolvidable y fantasmagórica proyección, la sola idea de la posibilidad de no recuperar jamás a Singerman de nuevo en la pantalla grande se asemeja demasiado a ese último plano donde la actriz, de pie y sobre la cubierta de un barco que atraviesa las aguas del Pacífico, observa con la mirada perdida hacia el mar, recitando melancólicamente versos de Gabriela Mistral.

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