Nanuk y los mundos perdidos

 

Tengo en mi librería, junto a fotos de mis amigos y mi familia, fotos de mis otros amigos, los que han participado en construir un mundo que solo yo conozco, el mundo de mis fantasmas. Está, por ejemplo, Tolstoi muy anciano, sentado en un sillón cubierto por una piel que yo imagino de oso, la cabellera blanca y lacia sobre los hombros, la mirada perdida en algún momento de su larga vida, o de su cercana muerte, quién sabe; está la foto de una cena entre amigos: Coppola, De Palma, Spielberg, Lucas y Scorsese, la mesa llena de copas de vino, las miradas inteligentes y cómplices, una banda dispuesta a asaltar los cielos del cine; está la bellísima Lena Headey, la reina Cersey de Game of Thrones…; y está, envuelta en pieles de foca, Nyla, la mujer de Nanuk; mira sobre su hombro hacia donde, en la capucha de su parka, se recuesta la cabeza de un niño, de su regazo asoma la cabeza de un cachorro husky, están sentados sobre un montón de pieles, el cachorro y el bebé parecen confortables, seguros, calientes; probablemente estén rodeados de una inmensidad de hielo en la que yo no podría sobrevivir ni un día. Es la imagen –que me acompaña desde hace mucho– de una belleza natural, de un confort que no resulta de la compra de artilugios sino de la perfecta adaptación al medio; ella tiene la sonrisa de quien está en paz porque vive dentro de unos límites en los que sabe que tiene lo suficiente para ser feliz. ¿Realmente importa que no fuese la verdadera mujer de Nanuk, quien tampoco se llamaba Nanuk? A mí, no. No podría disfrutar del cine, ni de la literatura, si mi idea de lo que es real, o verdadero, fuese muy estricta.

¿Qué tiene de real lo que nos cuenta Flaherty sobre la vida de las gentes del Norte? En la gran época de las exploraciones, en la que la Antropología, todavía llamada Etnografía, ya tenía carta de naturaleza científica, Flaherty fue duramente criticado: porque el verdadero Nanuk ya no cazaba con arpón, sino con un fusil; porque las imágenes de la familia despertándose en el  iglú fueron escenificadas (en el interior de un auténtico iglú no se puede filmar, porque no cabe una cámara de trípode y porque casi no hay luz); o, y esto es muy cruel, porque Nanuk el verdadero, que en realidad se llamaba Allakariallak, no murió de hambre en el lejano Norte buscando caza con que alimentar a su familia, como dice Flaherty al final de Nanook of the North, sino en su cama, de tuberculosis. Pero Flaherty no quería mostrar la vida de los inuit “contaminados” por el progreso, quería mostrar su vida tal como había sido antes de que él los conociera, porque el encuentro con su cámara es parte de ese proceso de aculturación que va a destruir su modo de vida. Así que filma algo real: Nanuk y sus compañeros, aunque los fusiles les parecen muy prácticos, todavía saben cazar con arpón y navegar con pericia entre placas de hielo en kayacs construidos con sus manos. Flaherty filma un mundo que aún existe, el de las últimas gentes libres, y lo filma mientras se desvanece.

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Nanuk Port_Harrison 1920

Su película aparece en 1922, pero ocho años antes, Edward S. Curtis, el gran fotógrafo de los nativos americanos, había presentado In the Land of the Head Hunters, que es en realidad el primer filme documental del que tenemos noticia. Para entonces Curtis ya tenía una reputación consolidada como etnógrafo y fotógrafo, se lo consideraba una autoridad en la cultura nativoamericana y su obra fotográfica era ya monumental. En las praderas lo llamaban Shadows Hunter, cazador de sombras, porque les parecía que lo que atrapaba en su cámara eran las sombras de los vivos. Pero sus sujetos no son sombras, están fotografiados –y cinematografiados– con indudable amor y admiración. Son nobles, orgullosos y autosuficientes. Y recibió las mismas críticas que Flaherty, que se pueden agrupar en dos temas: filmar la realidad embelleciéndola, o coreografiándola, no es documentarla; y que el mito de la vanishing race, la raza que se extingue, al idealizar un pasado que se va, contribuye a ocultar un presente de marginación y miseria.

Mucho después, en 1975, Akira Kurosawa produce su primer filme no hablado en japonés, Dersu Uzala, que tuvo un gran éxito. En realidad es un remake de un filme ruso con el mismo título, dirigido por Agasi Babayan en 1961. Cuenta
la peculiar relación entre un militar ruso y un cazador siberiano nómada tal como fue relatada por Vladimir Arsenyev, que lo tuvo de guía y que contó la historia de su amistad en un libro aparecido en 1923, justo un año después de la proyección de Nanook of the North. Dersu murió en 1908, Allakariallak poco tiempo después de que Flaherty terminase la película, alrededor de 1925. Fueron contemporáneos.

Dersu Uzala

Comparto la crítica a la ideología de la vanishing race, entiendo que idealizar un modo de vida que se acaba puede llevarnos a ignorar las contradicciones del presente, o llevarnos incluso a justificar una realidad de marginación: “pobres, no pueden adaptarse”. Pero hay que ir más allá. No es solo un romanticismo oportunista. Nanuk, Dersu, las gentes retratadas por Curtis, nos fascinan porque nos fascinan los nómadas. Son lo que en Antropología se llama las culturas de cazadores/recolectores, el modo de vida de toda la Humanidad durante muchos milenios antes de la revolución agraria, antes del sedentarismo, las ciudades, la estratificación social. Nuestro cuerpo, nuestro cerebro, nuestras emociones, evolucionaron para ese modo de vida, no para el que hemos adoptado. En 1991, dos alpinistas alemanes encontraron un cadáver congelado en los Alpes de Ötztal, en la frontera de Austria e Italia, a una altitud de 3200 m. Se calcula que vivió hacia el 3300 A.C. Tenía más de cuarenta pequeños tatuajes. Llevaba unos zapatos de piel de oso tan impermeables y prácticos que están intentando copiarlos, muy parecidos a esos con los que Nanuk se mete tranquilamente en el agua helada. Su última comida fue ciervo, pan hecho con un cereal desconocido y frutos secos. Escalaba montañas y tenía unos 46 años, edad muy respetable hace cinco mil. Lo han llamado Ötzi. Hallazgos como este y todo lo que estamos aprendiendo de los restos humanos del Neolítico y de los pocos reductos que quedan hoy en activo nos lleva a pensar que la vida de los cazadores/recolectores, adaptados perfectamente a un medio que conocían muy bien, organizados en grupos poco jerarquizados, era bastante más feliz que la de los agricultores/ganaderos, que es la que se ha convertido en dominante. Jared Diamond, el antropólogo que ganó un premio Pulitzer con el libro Armas, gérmenes y acero, publicó un atrevido y fascinante artículo con el título de “El peor error en la Historia de la raza humana”, en el que argumenta que la transición hacia el sedentarismo fue, simplemente, un error de cálculo: la aparente comodidad de acumular comida y animales en el mismo lugar nos privó de todo lo demás.

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Curtis, Flaherty, Kurosawa, contando un modo de vida que desaparece, en obras fílmicas que no tienen ni buscan rigor científico pero sí otro tipo de rigor. En la subjetividad de su trabajo está su verdad. Fascinados por personajes reales que resuenan en nuestros sueños de nómadas, de una vida sencilla y libre en la naturaleza, la que fue buscando Jeremiah Johnson en otra bellísima película, la que fue la vida de todos los humanos durante la mayor parte de nuestra historia, algo más que simple idealismo. La paradoja es que Curtis y Flaherty, con sus cámaras artesanales al hombro, recorriendo paisajes inmensos en busca de las últimas gentes libres, nos parecen ahora tan románticos, solitarios y evanescentes como los propios temas que perseguían.

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