Return to Homs

Return to Homs (2013) hace recordar uno de los episodios de Paisà de Roberto Rossellini (1946), aquel en el que la enfermera estadounidense Harriet atraviesa una Florencia en guerra para tratar de reunirse con su novio, que se ha convertido en líder de los guerrilleros italianos. En la película, Talal Derki, que ganó el Gran Premio del Jurado en la competencia internacional de documentales del Festival de Sundance este año, la ciudad es Homs, en Siria, que va dejando de ser lo que fue para convertirse en campo de batalla entre el ejército fiel al dictador Bashar al Assad y los que se le enfrentan con las armas.

La transformación del espacio comienza cuando las calles dejan de ser vías de tránsito por la presencia de los soldados que las recorren en tanques y de francotiradores. En el filme es captado un detalle que ilustra con precisión el cambio que ocurre después: los combatientes de la resistencia deben circular a través de las que fueron viviendas, para lo cual abrieron boquetes en las paredes que les permiten pasar de una casa o departamento a otro, como si fuera por túneles semejantes al que una vez excavan para escapar de las tropas. En uno de esos recorridos un personaje se detiene, echa un vistazo a los muebles y a la vista desde la que fue antes una ventana, y que ya casi no es ni una pared. Recuerda con sorpresa que ha llegado a la que había sido su casa, al que fue su cuarto.

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La transformación de la insurrección civil en guerra también cambia a los personajes. La popularidad de Basset, un arquero que fue integrante de la selección nacional de fútbol, le ayuda a convertirse en una de las figuras destacadas de las manifestaciones del comienzo y en líder guerrillero después. Un par de heridas sellan el cambio de su destino: recibe los disparos en un pie y una pierna, lo que le impedirá continuar con su carrera deportiva en caso de que triunfe la revolución. El personaje es consciente también de que ni siquiera tiene un futuro en el fútbol como director técnico, puesto que le falta formación para eso.

Finalmente está la transformación más importante y controversial que se muestra en el filme: la del pueblo que se lanza a manifestar en las calles, con la ilusión de la pronta caída del régimen, en la milicia que integran los personajes, compuesta por un puñado de civiles armados que luchan contra las fuerzas de la dictadura en una ciudad abandonada por sus pobladores. Algo que mantienen en común son los cánticos con los que se dan ánimos, y que constantemente entona Basset. Pero tanto en los combatientes como en esas canciones se produce poco a poco otro cambio: las consignas civiles van siendo desplazadas por temas religiosos y los guerrilleros se van transformando en muyahidines, en las espadas de Alá, como se lee en un cartel, en una mezquita.

Queda claro así que Return to Homs es un filme de propaganda, en el que en una secuencia Basset habla a la cámara para protestar por la actitud indiferente que considera que tiene el mundo frente a la justicia de su causa, a pesar de que el documental no deja de mencionar que los guerrilleros como él reciben apoyo de financistas del exterior. Es una película, además, que no parece defender sólo la democracia. Peor aún: se vale de ese concepto para despertar simpatías por la causa poco democrática del islamismo.

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La narración en primera persona intenta distinguir el relato de lo que los medios informativos difunden como información veraz, y se usan cámaras de aficionados convertidos en reporteros de guerra por las circunstancias. Uno de ellos es Ossama, del que se dice que “desapareció” luego de ser capturado por las tropas de Al Assad. Pero no por eso el discurso de Return to Homs deja de ser propaganda de una fuerza política con el poder de las armas, y aliados poderosos tan impresentables que parece no ser conveniente identificarlos con precisión. Al menos no en un filme para el público occidental.

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