Violette

Durante sus 65 años, Violette Leduc recorrió su país, desde la norteña Arras hasta Faucon, en la Costa Azul, al sur de Francia. Durante ese trayecto, del cual partió perseguida por los fantasmas que la acosaban (su bastardía, una madre expulsiva y la imagen poco agraciada que le devolvía el espejo…), pasó por las miserias de la posguerra, donde contrabandeaba alimentos, hasta que motivada por sus “descubridores” comenzó a escribir y su vida cambiaría para siempre.

Martin Provost ya había llevado luz hacia la oscura existencia de Seraphine, la pintora de Senlis y su multicolor obra en un filme de profunda belleza que, en su momento, nos deslumbró. Violette no tiene el poderío visual de su antecesora, pero nos descubre una vez más la tormentosa existencia de una escritora casi desconocida. Estructurada en seis capítulos, según los nombres de quienes fueron transformando su existencia (entre otros, Maurice Sachs, Jean Genet, Albert Camus o Jacques Guérin), la historia se centra en la etapa en que Violette Leduc conoció a Simone De Beauvoir. Gracias a la insistencia y mecenazgo de Simone, Violette tuvo el impulso de escribir y pudo publicar una obra desprejuiciada, en la época en que el feminismo daba su lucha de la mano de la intelectualidad de izquierda, en la Francia de finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta.

Fotograma de la película VioletteLa relación entre ambas mujeres ofrece un deleitable encuentro actoral, una salvaje Emmanuelle Davos (Violette) y una más acartonada Sandrine Kiberlain (Simone). Mientras Violette escribe, Simone consigue editores. Al calor de esa sociedad, la futura escritora se fue enamorando de su mecenas, quien permaneció durante toda su relación manteniendo una distancia insalvable para el amor desatado de Violette.

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Una vez más, Provost logra que su personaje cobre una real dimensión que lo ubique en el imaginario del espectador. Frente a la mirada fría y la actitud distante de Simone, Violette entrega su primer manuscrito, L’Asphyxie, narrado desde la experiencia personal y con la espontaneidad del talento en bruto, que no pasa por el cedazo de lo políticamente correcto en una sociedad patriarcal, como era en ese momento la europea. Los títulos de sus otros libros también son sugerentes. A Violette no le cuesta escribir, las palabras surgen espontáneamente, como si su cuerpo no pudiera contener lo sufrido en cada acto de su vida y tuviera que expresarse para mitigar ese dolor. La asfixia, Estragos o La Bastarda son algunos de los nombres que eligió para contar su triste infancia y el trato áspero que recibió de su madre, la experiencia del aborto narrada con cruda sinceridad, o la relación lésbica entre dos colegialas, relatada con total desprejuicio.

Su escritura descarnada fue motivo para que su obra haya permanecido a la sombra del feminismo más intelectual, planteado desde el existencialismo. Leduc escribía desde las vísceras, contaba experiencias de vida, cuyas heridas tardaban en cicatrizar. Aunque fuera censurada, no se daba por vencida, y seguía intentándolo, hasta que su obra fue publicada por completo, e incluso recibió el premio Goncourt por Le Bastarde. Es que Leduc no tenía nada que perder, por eso se abismaba en su pasado y podía poner por escrito el peso de su experiencia: la bisexualidad y el aborto, dos condiciones deploradas por la sociedad “bienpensante” de la época.

Violette, de Martin ProvostViolette contaba su experiencia con una crudeza poética de singular originalidad. La cámara la persigue en la campiña donde comercia ilegalmente, en las calles solitarias de París cuando persigue a Simone, o en la Provenza, donde consigue que un rayo de luz le ilumine la vida. También la arrincona entre las cuatro paredes de su cuarto, durante los veranos calientes y, con mayor sacrificio, durante los fríos inviernos; o en el hospital donde intentan tranquilizar su desesperación. La cámara no la abandona, ni siquiera en los varios momentos en que su vida se asoma al abismo. Es entonces cuando la vemos caminar junto al río, que fluye con calma, como esperando, pacientemente, que una decisión desesperada la arrastre a suicidarse. El río es una presencia sorda, en segundo plano, acompañando una mala noticia, una nueva desilusión o el recuerdo más frustrante.

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Las atmósferas son oprimentes, oscuras, apenas iluminadas por un pálido reflejo de sol. Los gestos son amargos, distantes, duros, pareciera que no hay lugar para la espontaneidad y la alegría. Sólo Violette, como un animalito salvaje, se permite luchar por sobrevivir, y lo hace con la tenacidad y con la espontaneidad que solo un ser que no espera nada de la vida puede hacerlo. Solo al final de la historia, la luz inunda las estancias, el paisaje soleado y reverdecido acompaña la felicidad de Violette, en comunión con la naturaleza. Provost nos cuenta una vida triste, apagada, torturada, amargada, pero rescata de ese pozo de desesperanza a su criatura para ofrecerla al espectador como la próxima autora que deberá buscar en los anaqueles de las librerías.

Trailer:

//www.youtube.com/watch?v=RSOTzdRiYQ8

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